sábado, 4 de marzo de 2023

LAS VEINTICUATRO HORAS DE LA PASION LUISA PICARRETA Parte I

 

Introducción

Una de las causas del alejamiento que existe en la

actualidad entre el hombre y Dios, dice Jesús a Luisa

Piccarreta (febrero 2, 1917), es el haber perdido de vista mi

Pasión, por lo cual el mundo se ha desequilibrado. En las

tinieblas no ha encontrado la luz de la Pasión que lo ilumine, y

haciéndole conocer mi Amor y cuántas penas me cuestan las

almas, pueda reaccionar y amar a quien verdaderamente lo ha

amado; la luz de mi Pasión, guiándolo, lo pondría en guardia

de todos los peligros; en la debilidad no ha encontrado la

fuerza de esta Pasión que lo sostenga; en la impaciencia no ha

encontrado el espejo de mi paciencia que le infunda la calma,

resignación, y ante ésta, avergonzándose tenga como un deber

dominarse a sí mismo; en las penas no ha encontrado el

consuelo de las penas de un Dios, que sosteniendo las suyas

le infunda amor al sufrir; en el pecado no ha encontrado la

verdadera santidad, que haciéndole frente le infunda odio a la

culpa; por esto el mundo ha perdido el equilibrio, ha hecho

como un niño que no ha querido conocer más a su madre,

como un discípulo que desconociendo al maestro no ha

querido escuchar más sus enseñanzas ni aprender sus

lecciones, ¿qué será de este niño y de este discípulo?

He aquí el porqué de la situación del mundo actual: ya no

existe conciencia clara de quiénes somos, no conocemos más

nuestro valor, pero, sobre todo, desconocemos, si no es que

rechazamos abiertamente, a quien pagó por nuestra liberación.

Nuestro Señor le pide a Luisa, desde los comienzos de

su vida de intimidad con Él, que la meditación sobre la

Pasión se convierta en una actividad cotidiana, que nunca

se aparte de su mente los sufrimientos que tuvo que

aceptar para rescatar a la familia humana.

San Annibale Ma. Di Francia conoce a Luisa en 1910, y la

exhorta a escribir sus meditaciones, lo que da como resultado

el presente libro. La primera edición fue en el año de 1915,

para la cual, Luisa le escribe una carta explicando la finalidad

del libro, pidiéndole haga conocer la finalidad del mismo con

una introducción; carta que anexamos a continuación:

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"Muy Reverendo Padre”.

Finalmente le mando a Ud. las horas escritas de la Pasión,

todo para gloria de Nuestro Señor. Le mando también un folleto

en el que están mencionados los efectos, los méritos, y las

promesas de Jesús para quien hace estas horas de la Pasión.

Yo creo que, si la persona que las medite es pecadora, se

convertirá; si es imperfecto, se volverá perfecto; si es santo, se

hará más santo; si es tentado, encontrará la victoria; si está

sufriendo, encontrará en estas horas la fuerza, la medicina, el

consuelo; y si su alma es débil y pobre, encontrará un alimento

espiritual, y un espejo donde se mirará de continuo para

embellecerse y hacerse similar a Jesús, nuestro modelo.

Es tanta la complacencia que siente Jesús bendito por la

meditación de estas horas, que Él quisiera que al menos, de

estas meditaciones, hubiera una copia por cada ciudad o país

para que alguien las practicara, y entonces sucedería que en

esas reparaciones, Jesús oiría su misma voz y sus plegarias tal

y como las elevaba a su Padre en las 24 horas de su dolorosa

Pasión; y si esto se hiciera por lo menos en cada país o ciudad

por algunas almas, Jesús me hace entender que la Divina

Justicia quedaría en parte aplacada y vendrían aplacados o

detenidos los flagelos en estos tristes tiempos. Haga Ud.,

reverendo Padre un llamado a todos, y cumpla así la obra que

mi amable Jesús me ha hecho hacer.

Le digo también que la finalidad de estas horas de la Pasión

no es tanto el narrar la historia de la Pasión, porque ya hay

muchos libros que tratan este piadoso argumento, y no habría

sido necesario hacer otro; la finalidad es la REPARACIÓN,

conectando (nótese) los diversos puntos de la Pasión de

Nuestro Señor con la diversidad de tantas ofensas, y junto a

Jesús hacer una digna reparación, rehaciéndolo casi de todo lo

que todas las criaturas le deben; y por esto los diversos modos

de reparar en estas horas. En algunos puntos se bendice, en

otros se compadece, en otros se alaba, en otros se consuela al

penante Jesús, en otros se compensa, en otros se suplica, se

ruega, se pide.

Pido a Ud., Reverendo Padre, el hacer conocer con una

introducción la finalidad de estos escritos".

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Introducción de San Annibale Ma. Di Francia

La presente obra, si bien publicada bajo mi nombre, o mejor,

a mi cargo, no ha sido escrita por mí 1

. Yo la conseguí, la

obtuve después de mucho insistir, de una persona que vive

solitaria en íntima comunión de inefables sufrimientos con

nuestro adorable y divino Redentor Jesús, y no sólo con los de

Él, sino también con las penas de su Santísima e Inmaculada

Madre María. Esta persona inició la serie de sus meditaciones

a partir del siguiente suceso:

Tenía la edad de trece años cuando, mientras se encontraba

un día en su estancia, escuchó ruidos extraños, como de una

multitud de gente ruidosa que pasara por la calle. Corrió al

balcón y asistió a un espectáculo conmovedor: Una turba de

feroces soldados, con antiguos cascos, armados con lanzas, y

cuyo caminar se mezclaba con gritos, blasfemias y empellones,

llevando entre ella a un hombre encorvado, vacilante,

ensangrentado. ¡Ay, qué escena! El alma contemplativa se

conmueve y se estremece. Mira entre la turba para ver quién

es ese hombre, ese infeliz tan maltratado, tan arrastrado. Ese

hombre se encuentra ya bajo su balcón, y levantando su

cabeza, la mira en actitud de pedirle ayuda".

¡Oh Dios! el alma lo mira, lo reconoce, ¡es Jesús!, es el

Redentor divino coronado de espinas, cargado con la pesada

cruz, quien es cruelmente llevado hacia el calvario. La escena

de la vía dolorosa se le presenta ante la mirada espiritual y

corporal, lo que sucedió veinte siglos atrás se le hace presente

por la divina omnipotencia.

En ese momento la jovencita, a punto de desvanecerse ante

tal vista y no pudiendo soportar tan desgarrador espectáculo,

rompe en llanto y deja el balcón para entrar a la estancia, pero

el amor, la compasión que han surgido hacia el sumo Bien así

reducido, la llevan de nuevo al balcón. Temblando dirige su

mirada hacia la calle, pero todo ha desaparecido, excepto la

viva imagen de Jesús sufriente que fue al calvario a morir

crucificado por nuestro amor".

El alma solitaria, en el florecer de su juventud espiritual fue

presa en aquel momento de tal amor a Jesús sufriente, que ni

1 Esto lo escribe San Annibale Ma. di Francia, confesor extraordinario de Luisa y censor de

sus escritos. Él realizó las primeras ediciones de este libro.

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de día ni de noche ha podido dejar de meditar, con la más

profunda contemplación de amor y de amoroso dolor en los

sufrimientos y en la muerte del adorable Redentor Jesús.

Muchos años han transcurrido desde el día de aquella dolorosa

visión, y desde entonces no ha dejado nunca sus dolorosas

contemplaciones.

No me es lícito manifestar su nombre, ni el lugar donde

sencillamente y en la soledad ella vive. Me contentaré con

llamarla simplemente con el nombre de "Alma", y a este

nombre se agregarán frecuentemente adjetivos de toda clase,

tanto en el curso de esta introducción como en el cuerpo de las

meditaciones de este libro.

Antes de todo, hay que decir que cualquier meditación

acerca de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo es de suma

complacencia al corazón adorable de Jesús, y de sumo

provecho espiritual para quien devotamente la hace. El bien

espiritual que obtiene el alma de la asidua y cotidiana

meditación de los padecimientos de nuestro amorosísimo Bien

Jesús, no hay lengua humana que lo pueda dignamente

expresar. Ante todo, es imposible que el alma no se sienta

inflamar día a día en amor hacia el Divino Redentor Jesús.

Aquí se realiza lo dicho por el Profeta: "En la meditación el

fuego se enciende”. ¿Y cómo podrá quedar indiferente un alma

considerando diariamente los excesos, o mejor los extremos de

la Pasión de Nuestro Señor? ¿Y cuáles son estos extremos?

En primer lugar: ¿Quién es Aquél que se somete a padecer

y a las humillaciones? Es el Hijo eterno del Eterno Padre; Dios

igual al Padre; Creador, con el Padre, del Cielo y de la Tierra,

de los ángeles y de los hombres. Aquél que si mira indignado

la Tierra, la Tierra tiembla y los montes eructan. Aquél bajo

cuyos pies se inclinan los más sublimes coros de los ángeles.

Aquél de quien nadie puede hablar dignamente, y cuyas

grandezas son tan infinitas que ni siquiera María Santísima

puede llegar a comprenderlas enteramente. Ése es Jesucristo,

Hombre y Dios, el Santísimo, de belleza inenarrable; la dulzura,

la bondad y caridad infinitas. Y este Hombre Dios, digno de

todas las adoraciones y de los homenajes de los ángeles y de

los hombres es Aquél que por nuestro amor se hizo como un

leproso, escarnecido y humillado, colmado de oprobios y

pisoteado como un vil gusano de la tierra.

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En segundo lugar: ¿Cuáles son las penas que sufrió? Éstas

son de tres clases:

1.- Sufrimientos corporales.

2.- Ignominias,

3.- Sufrimientos interiores.

Cada una de estas tres categorías es un abismo

inconmensurable.

Si contemplamos los padecimientos que sufrió Jesucristo

Nuestro Señor en su cuerpo adorable, nos sentimos

estremecer ante el Varón de dolores, como lo llamó Isaías, y

en el Cual no había parte sana, porque se hizo una sola llaga,

desde las plantas de los pies hasta el extremo de la cabeza...,

hasta el punto de quedar irreconocible: "Y lo vimos y no era de

mirarse”. (Is. 53, 2).

Meditando en los padecimientos de la Humanidad Santísima

de Jesucristo, nuestro Sumo Bien, los Santos se deshacían en

lágrimas, se desvanecían de amor y no cesaban de flagelarse

y mortificarse de todas maneras a sí mismos.

Otra categoría de inauditos padecimientos son las

ignominias sufridas por el Verbo Divino hecho Hombre. Aquí el

alma contemplativa se siente desmayar viendo la majestuosa,

divina y sacrosanta Persona de Jesucristo, abandonada a la

ferocidad, más diabólica que terrena, de los pérfidos y vilísimos

hombres que no se saciaban de cubrir de ultrajes e ignominias

al Omnipotente, al Eterno, al Infinito... Y golpearlo, arrojarlo a

tierra, pisotearlo, arrastrarlo, darle puñetazos, puntapiés,

escupirle en su rostro santísimo, en su boca adorable...

colmarlo con toda clase de injurias. ¡Qué espectáculo

inexpresable, que ha incitado a los siervos de Dios a desear, a

suspirar los ultrajes, las ignominias y los desprecios como el

más grande tesoro que puede haber en esta tierra!

Una tercera serie de penas inefables del Hombre-Dios, y

poco o nada comprendidas, son las que Él sufrió en su alma

santísima y en su amorosísimo y sensibilísimo corazón.

¡Aquí entramos en un océano sin playas! En un grado infinito

Él sufrió las tristezas, las angustias, los dolores, el abandono,

la infidelidad, la ingratitud, los temores, los terrores... Como

cuatro inmensas cataratas se derramaban en su interior, por

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cuatro motivos, las aguas de todas las penas que se dicen del

alma:

Primera: De la vista horrenda de todas las iniquidades

humanas que Él había tomado sobre Sí como si Él hubiese

sido el responsable y el culpable... ¡Él, que era la Santidad

Infinita!

Segunda: La vista continua de las cuentas que debía rendir

a la Justicia inexorable de la Divinidad, y las penas con las que

debía todo pagar.

Tercera: La vista amarguísima de todas las ingratitudes

humanas, y el terrorífico espectáculo de todas las almas que se

habrían condenado, y para las cuales su Pasión no habría

servido sino para hacerlas más infelices eternamente.

¡Oh, qué dolor para el Corazón Santísimo de Jesús que ama

infinitamente a cada alma! Por esto, Él habla con el profeta

diciendo: "Los dolores del Infierno me circundaron”. (Sal. 17, 6).

Como si dijera: Siento en Mí los acervos dolores en los que

serán atormentados eternamente los pecadores que se

condenarán.

Cuarta: La vista de todas las aflicciones que habría sufrido

su Santa Iglesia. La vista de todas las penas corporales y

espirituales a las que habrían sido sometidos inevitablemente

todos los elegidos, tanto en esta vida como en el purgatorio, y

mucho más la pena del detrimento de los elegidos en las

virtudes y en la adquisición de los bienes eternos, habiendo Él

dicho que la adquisición de todo el universo no es de

compararse a un simple detrimento del espíritu: "¿De qué sirve

al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mc. 8,36).

Uno de los extremos de estas interminables categorías de

padecimientos del alma y del cuerpo de Nuestro Señor

Jesucristo que ha de considerarse también es su duración, la

cual no es desde el jueves santo en la tarde hasta el viernes

santo, sino desde el primer instante de su Encarnación en

el Seno Purísimo de María Virgen hasta el último respiro

dado en la cruz. Son treinta y cuatro años de continua agonía

y de continuo inefable sufrir del alma y del cuerpo, en lo que se

realiza de un modo misterioso la palabra del Profeta: "Un

abismo llama a otro abismo, al fragor de tus cataratas”. (Salmo

41, 8).

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El alma santísima de Jesucristo, bajo el ímpetu y la caída

continua de sus penas espirituales y de las agonías de su

corazón divino, pasaba de abismo en abismo, porque un

abismo de penas llamaba a otro, y a otro... hasta lo infinito.

¡Ah, Él debía pagar en Sí mismo toda la deuda de culpa y de

pena eterna de sus elegidos y sentir todas sus penas

temporales!

De aquí venía que Nuestro Señor amorosísimo moría a todo

momento, en cuanto que el colmo de sus penas era tal que

como puro Hombre Él habría muerto a cada instante, pero que,

como Dios, sostenía con un milagro continuo su vida mortal

para prolongar hasta el fin sus padecimientos y coronarlos con

todos los dolores y los ultrajes de su pasión y de su muerte de

cruz.

¡Cuán cierto es entonces que estamos obligados ante

Nuestro Sumo Bien Jesús no por una muerte sola, sino por

miles y cientos de miles de muertes por amor nuestro!

Y sin embargo, Jesucristo Nuestro Señor, tratando con sus

criaturas durante los treinta y tres años y nueve meses de su

vida terrena, aparecía calmado, dulce, sereno, tranquilo,

manso, conversador, y hasta sonriente. Él mantuvo

perfectísimamente y comunicó este estado de paz y serena

quietud en medio de abismos absolutamente inescrutables de

penas interiores, diciendo por boca del profeta, con una

expresión que solo el Espíritu Santo podía dictar: "He aquí en

la paz mi amargura amarguísima”. (Is. 38, 17.)

Otro extremo, o mejor, exceso, que se debe meditar en la

Pasión adorable de Jesucristo Nuestro Señor es que para

salvar las almas nuestras, para redimir el mundo todo, no era

en realidad necesario que Él sufriera las penas inefables del

Alma y del Cuerpo a que se quiso sujetar, ni todas las

ignominias a que se quiso someter. Habiéndose hecho Hombre

en el Seno Inmaculado de su Santísima Madre, le bastaba

elevar una sola oración a su Padre, hacer un solo acto de

adoración a la Divinidad, derramar una sola gota de su sangre

preciosísima, cuanta se puede derramar por una pequeña

herida hecha con la punta de un alfiler, y con esto habría

podido redimir no un mundo solo, sino millones y millones de

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mundos, pues cada acción, aún la más pequeña, del adorable

Señor Nuestro Jesucristo era de valor infinito.

Pero ¿por qué, entonces, quiso ser más que inundado,

sumergido en tantos cruelísimos, acerbísimos y dolorosísimos

tormentos, penas, ignominias y agonías... que lo hicieron decir

con el Profeta: "Me he adentrado en altamar y la tempestad me

ha anegado”. (Sal. 68, 3). ¡Oh misterio de amor infinito del

corazón de Jesús! Lo que bastaba para redimir millones de

mundos era nada para el amor suyo por nosotros. Él quiso

mostrarnos cuánto nos ama, hasta dónde se extiende su amor

por nosotros, y quiso prepararnos una Redención copiosa de

demostraciones, de expiaciones, de ejemplos admirables y de

inobjetables argumentos y pruebas de su ternísimo amor. ¿Y

qué corazón es el nuestro si somos insensibles a un amor que

para convencernos y atraernos se quiso manifestar a nosotros

con las pruebas de penas tan inauditas como continuas? ***

Ah, una de las causas de nuestra dureza e insensibilidad es

precisamente el imperdonable descuido en meditar y

considerar cotidianamente la Pasión adorable de Nuestro

Sumo Bien. Jesús no se cansó de sufrir y agonizar treinta y

cuatro años, en su alma y en su cuerpo, por nosotros. Y

nosotros, ¿nos cansamos en dirigir, por lo menos media hora al

día, la mirada del alma a meditar penas tan inefables y por

amor a nosotros sufridas por el Hijo de Dios hecho Hombre,

por el Santo de los Santos, por el Impecable, que por nosotros

se hizo pecado, esto es, víctima de todos los pecados?

Pero otro extremo de tan infinito amor debemos considerar

en la dolorosa e ignominiosa Pasión de Nuestro Señor

Jesucristo. Un extremo que es como el golpe decisivo para

destrozar la frialdad y dureza de nuestro corazón y

encadenarlo todo al amor del Eterno Divino Amante de las

almas; extremo que si no sirve para conmovernos, servirá para

hacernos reos de la más culpable crueldad, y para

precipitarnos por el camino de la perdición. Este extremo, sí, es

considerar que todo lo que Jesucristo Nuestro Señor sufrió por

amor y salvación de todas las generaciones humanas, es decir,

por un número interminable de almas, lo sufrió igualmente por

cada alma en particular. Es decir, que si en el mundo no

hubiera existido sino una sola alma, por aquella alma sola

Nuestro Señor Jesucristo habría hecho y sufrido cuanto hizo y

sufrió por la redención de todo el género humano. O sea, oh

lector o lectora míos, que si en el mundo no hubiera existido

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sino sólo tu alma que salvar, por ti sola el Hijo de Dios habría

bajado del Cielo a la tierra, se habría encarnado tomando un

cuerpo pasible, habría sufrido treinta y cuatro años, sin un solo

instante de tregua, en el alma y en el cuerpo; se habría

entregado por ti sola en manos de los mismos sufrimientos, de

los mismos ultrajes, de las agonías, de los flagelos, de las

espinas, de la misma Cruz y de la misma muerte... ¡Sí, así es!

Pues es verdad que Nuestro Señor Jesucristo ama tanto a un

alma cuanto ama a todas las almas presentes, pasadas y

futuras, juntamente tomadas.

¿Quién podrá permanecer indiferente ante esta Caridad

Infinita?

El alma que contempla la dolorosa e ignominiosa Pasión del

Redentor Divino, debe contemplarla con esta consideración;

debe decir: Por mí, Jesús sufrió treinta y cuatro años; por mí

sudó Sangre en el Huerto, por mí se hizo capturar, por mí se

hizo conducir a los injustos tribunales, por mí soportó

ignominias, golpes, escupitinas, empellones; por mí se hizo

flagelar, coronar de espinas, condenar a muerte; por mí subió

al Calvario, se hizo crucificar, agonizó tres horas, sufrió la sed,

la hiel, el vinagre, el abandono; por mí por amor a mí, murió

sumergido en un abismo de sufrimientos...

¡Qué ingratitud! Olvidarse de Jesús sufriente; esto es, de

cuanto sufrió por amor a nosotros, que no somos más que

vilísimos gusanos. ¿Qué, acaso Él tenía necesidad de

nosotros? ¡Ah! ¡Él, que sin criatura alguna habría sido, por

virtud de su misma Divinidad, eterna e infinitamente feliz, como

lo es!

Una Comparación

La enorme ingratitud del hombre que no corresponde amor

por amor y se olvida de cuanto por él ha sufrido el Sumo y

Eterno Amante, se demuestra con esta comparación,

propuesta por el gran Doctor de la Iglesia, San Alfonso M. De

Ligorio, y que yo quiero reproducir aquí, ampliándola:

Un esclavo, por sus delitos fue condenado a muerte por un

rey. Puesto en la cárcel, entre cadenas esperaba temblando el

momento de ser conducido al patíbulo. Pero el rey tenía un hijo

único que era toda su delicia. Este joven príncipe, por una

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bondad incomparable, tiempo hacía que había nutrido un gran

afecto, junto con una gran compasión, por aquel mísero

esclavo. Habiendo conocido el estado infeliz en que aquel se

encontraba, ya próximo a ser ajusticiado, fue invadido por tal

dolor, por tan tierno y piadoso amor, que presentándose ante

su padre y arrojándose a sus pies, con lágrimas y suspiros le

suplicó que perdonara al mísero esclavo y que revocara la

terrible sentencia. El padre, que amaba intensamente a aquel

su único hijo, fue presa también él de un profundo e inaudito

dolor en lo más íntimo de su corazón, y dirigiéndose a su hijo le

dijo: "Oh hijo mío y delicia de mi corazón, grande es mi pena

por haber sido obligado a condenar a muerte a aquel culpable

esclavo, y tú bien conoces las inevitables exigencias de mi

tremenda justicia. Tú sabes que Yo no puedo, sin gran

deshonor mío, dispensarme de exigir una satisfacción digna de

mi majestad ultrajada; y la satisfacción puede venirme solo de

la muerte del culpable, pues se necesita que mi justicia sea

satisfecha."

"Padre mío amantísimo, replicó el joven príncipe, es tiempo

ya de que yo os manifieste que mi amor por este esclavo es tal

y tanto que yo no puedo resistir ante el solo pensamiento de su

condena; por tanto, oh padre mío, ya que vuestra justicia no

puede revocar la terrible sentencia, os pido una gracia, pero

vos, padre mío, prometedme que me la concederéis." "Hijo

mío, agregó el rey, yo empeño mi palabra de que, mientras no

me pidas algo que pueda lesionar mi justicia, cualquier otra

gracia te la concederé." Empeñada así la palabra del padre, el

hijo, rompiendo en lágrimas de amor le dijo: "Padre mío, padre

y señor mío, aceptad otra víctima y dejad libre al esclavo..."

"¿Otra víctima?" exclamó el padre, "Oh hijo mío amadísimo,

para poder Yo aceptar otra víctima en lugar del culpable, ésta

debería ser no otro esclavo, no un ser cualquiera, sino una

víctima digna de mi majestad ofendida, uno igual a mí. ¿Y

dónde encontrar a esta tal víctima?" "Heme aquí, heme aquí

padre, esta víctima soy yo", respondió el hijo. "Ecce ego, mitte

me (Is. 6, 8). ¡Mandadme a mí, mandadme a mí a la muerte!

¡Muera yo y viva el esclavo! ¡Ésta es la gracia que os pido y

que habéis empeñado vuestra palabra en concedérmela!". Oh

momento tremendo... El rey no puede retirar su palabra... Su

justicia no puede evitar el tener una satisfacción... Y queda

obligado a aceptar el cambio... y lo acepta. Pero el generoso

hijo no está aún satisfecho, y le pide a su padre otra gracia

más y le dice: "Padre mío, en este momento no podéis

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negarme nada, yo os suplico que al esclavo culpable no solo lo

perdonéis de corazón, sino que además lo toméis y lo recibáis

como hijo en lugar mío, y lo hagáis partícipe en todos los

bienes de vuestro reino y heredero de los mismos." ¡El rey y

padre está vencido! Traspasado por el dolor y profundamente

conmovido concede todo al hijo... El cual inmediatamente,

despidiéndose de su padre y rey, se encamina a la prisión del

esclavo, hace abrir la puerta, quita de sus manos las cadenas

al culpable, lo besa tiernamente, lo estrecha a su noble

corazón con un fuerte abrazo, y llorando le dice: "¡Oh esclavo,

mira cuánto te he amado! Eres ya libre, eres el nuevo hijo y el

heredero del rey, mi padre, el cual te acogerá en su seno como

a mi misma persona, pero yo voy a morir en lugar tuyo para

satisfacer la justicia de mi padre y rey. ¡Adiós, hermano mío

amado, hijo de mi dolor y de mi muerte...!¿Ves cuánto te amo?

¡Tú pecaste y yo pago por ti! ¡Antes de morir sufriré, según la

ley del reino, mil torturas, que debías sufrir tú, y luego seré

llevado al patíbulo! Pero una sola cosa te pido: Que no te

olvides de cuánto te amé y de cuánto por ti voy a sufrir. No me

seas ingrato y me desconozcas, prométeme que te recordarás

siempre de las torturas y de los tormentos a cuyo encuentro

voy por amor a ti, y de la muerte ignominiosa que voy por ti

solo a sufrir... ¿me lo prometes?".

En este punto considera, oh lector mío, cuál habría sido tu

respuesta si tú te hubieras encontrado en el lugar de aquel

esclavo culpable...

Seguramente que arrojándote a los pies de tan enamorado

príncipe, en medio de un diluvio de lágrimas le hubieras dicho:

"Oh generoso e inapreciable príncipe! ¡Ah nobilísimo corazón,

rico de inefable bondad y caridad! ¿Qué habéis encontrado en

mí para amarme hasta este exceso? Yo he pecado. Yo,

miserable esclavo que nada valgo... seré libre, seré hijo del

gran rey, partícipe de los bienes de su reino, su heredero... ¡Mi

infelicidad será cambiada en una suerte tan inmensamente

grande que no podría ni soñarla! ¡Y todo esto sólo porque vos

os habéis ofrecido a sufrir y a morir por mí, oh generosísimo

amante mío! Y ahora vos, en este momento en que os

encamináis al encuentro de los tormentos y de la muerte en el

patíbulo por amor mío, me pedís de favor que yo no olvide

vuestros dolores y vuestra muerte, ni el amor con el que, para

hacerme feliz los abrazáis. Ah mi ternísimo amante, ¿cómo

podré jamás olvidarlos? ¡No, no! ¡Desde este momento mi vida

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no será sino una vida de lágrimas, pensando en cuánto habéis

sufrido y la muerte que habéis encontrado por amor mío! ¡Os

prometo, os juro que recorreré todos los días el mismo camino

por el que ahora vais a morir, me postraré sobre vuestra

tumba, y ahí pensaré en vuestro amor, en las ternuras para mí

de vuestro nobilísimo corazón, tendré continuamente en mi

pensamiento las torturas que, por el riguroso decreto real, me

correspondía sufrir, y que vos las habéis querido sufrir en lugar

mío! Meditaré continuamente en la agonía mortal, en la muerte

lenta e ignominiosa que os será dada ante todo el pueblo. Y

quiero tanto llorar y amaros que querré morir de dolor sobre

vuestra tumba".

Mi querido lector, mi devota lectora, vosotros habéis ya

comprendido todo el significado de esta comparación, la cual,

por cuanto conmovedora sea, está aun inmensamente lejana

de poder representar los extremos de amor del Hijo Eterno de

Dios por el hombre. Y no sólo por toda la humanidad, sino por

cada alma en particular.

Cada uno de nosotros es ese esclavo culpable ante Dios,

que es el Rey del Cielo y de la tierra; esclavo digno y

merecedor de eterna muerte y eternos tormentos... El Hijo

Unigénito de Dios, delicia eterna del Eterno Padre, lleno de

amor infinito e incomprensible por este esclavo, se presentó al

Padre y le dijo: "Padre mío, tu Divina Justicia exige una víctima

digna de Ti para poder liberar a este mísero esclavo. Nadie

podrá jamás darte tan digna satisfacción, excepto Yo. ¡Pues

bien... Muera Yo y viva el esclavo! "Ecce ego, mitte me".

"Heme aquí envíame a la tierra, fórmame un cuerpo pasible, en

el cual yo pueda experimentar los más atroces, los más

inauditos tormentos y la muerte más dolorosa e ignominiosa

por amor de este esclavo”. Quiero ponerme enteramente en su

lugar, me haré Yo el esclavo, me haré encadenar, me haré

arrastrar a los tribunales, me someteré al juicio de inicuos

jueces; de inocente pasaré a ser declarado reo y malhechor;

pues quiero demostrar a este mísero esclavo hasta dónde llega

mi amor por él. Y con tal de que él sea libre y feliz, Yo me haré

ultrajar, golpear, maldecir; me haré el oprobio, el vituperio de

todos; seré semejante a un gusano que todos pisotean; pero te

suplico, oh Padre mío, que el esclavo, siempre y cuando te sea

fiel y agradecido, entre en tu Gracia como mi misma Persona,

que Tú lo ames como me amas a Mí mismo, que él sea hijo

adoptivo, que todos nuestros bienes eternos se los participes

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en vida y después de la muerte; que por los méritos de mi

muerte en cruz, él sea enriquecido de gracias, sea confortado

en sus penas, le sean aliviados los indispensables dolores de

la vida, le sirva de mérito eterno la misma necesaria penitencia

por el pecado; tenga, en el final de su vida, una muerte

tranquila y preciosa, y, de ahí, venga a reinar con Nosotros

eternamente en nuestro mismo gozo."

Y así, o bastante mejor que así, habló el Verbo Divino a su

Padre. Y el Padre, encendido de un igual amor por el mísero

esclavo culpable que soy yo, que eres tú, oh lector o lectora

míos, le concedió todo lo que con lágrimas, suspiros y

clamores le pidió. Como dice el Apóstol: "Oró con lágrimas y

clamor válido, y fue escuchado con reverencia”. (Hebreos 5, 7).

Y así sucedió que por este mísero esclavo rebelde, el Santo

de los Santos, el Impecable, el Inocentísimo, el Cordero

Inmaculado, se dio a toda clase de sufrimientos y vivió treinta y

cuatro años ahogado en inefables penas, nunca interrumpidas

ni por un solo instante, penas en el alma y en el cuerpo, y que

luego todas se reunieron en su tremenda Pasión desde la tarde

del Jueves hasta el Viernes Santo, en el que expiró como el

más abyecto y el más nefando de los culpables, sobre el

patíbulo, entonces infame, de la Cruz.

¡Oh hombre! ¿Cómo podrás tú olvidar cuánto te amó y

cuánto sufrió y soportó tu Divino Eterno Amante? ¿No eres tú,

no soy yo, más duro que el granito y más cruel que la más

feroz bestia si olvidamos lo que Jesucristo, sumo Bien, padeció

por nuestro amor? Considera, oh alma cristiana, que Jesús

yendo a morir y a sufrir por ti, te haya dicho como aquel joven

príncipe de la misteriosa narración: "Oh hijito mío, alma que Yo

voy a redimirte derramando toda mi Sangre; esta

correspondencia y esta compensación de amor te pido: Que no

olvides cuánto habré sufrido por amor tuyo. Recuérdate a

menudo de los dolores, de las heridas y de las llagas de mi

cuerpo santísimo, a que me someteré. Recuérdate que para

arrancarte de la muerte eterna venceré una tal lucha con la

humana repugnancia al sufrir y al morir que agonizaré y sudaré

sangre. ¡Ah, recuérdate de cuánto me cuestas! Recuérdate de

cómo, por amor tuyo, presentaré mi adorable rostro a los

golpes, a las escupitinas, a los crueles tirones de mi barba, a

los puñetazos; mira esta corona de espinas que me traspasará

la cabeza con penas tales que ni criatura humana ni angélica

14

comprenderá jamás... Pero he aquí que ya me condenan a

muerte, como indigno ya de vivir; he aquí que me cargan con la

pesada cruz; adiós, hijito mío amado, delicia de mi corazón, no

más esclavo, sino heredero de mi reino, adiós..., otros

tormentos más atroces me esperan, seré extendido

horriblemente y clavado a un madero en cruz, estaré tres horas

en una agonía tan terrible, tan desprovisto de todo socorro, tan

abandonado por todos, hasta por mi Padre, tan miserable y

oprimido en el alma y en el cuerpo... que estas tres horas no

serán tres horas, sino tres siglos de dolores. Todo, todo lo voy

a sufrir por ti, por amor tuyo. ¡Pero no me seas tan ingrato que

olvides mi sufrir y mi morir! Yo recorreré contento la vía

dolorosa, llevaré contento la cruz, contento abrazaré las

terribles agonías que me esperan, me será ligera la

ignominiosa y amarguísima muerte, con tal de que tú me

prometas que no olvidarás mi sufrir ni mi morir, ni el amor

infinito con el que, por ti, tanto a uno como a otro me

someteré".

¡Alma! ¿Qué cosa habrías respondido tú en aquel momento

a tu Dios, a tu Divino y amorosísimo Redentor?

Jesucristo, verdadero Hombre y verdadero Dios, tuvo todo

presente. El vio la frialdad e indiferencia inexcusables de

quienes nunca, o casi nunca, meditan en su adorabilísima

pasión y muerte, y también tuvo presente el piadoso y santo

fervor de aquellas almas que de esta salutífera y obligada

meditación hacen su alimento cotidiano. Subió al calvario con

el corazón desolado por los primeros y experimentó un

consuelo por la fidelidad y el amor de las segundas. ¿Y qué

cosa vio Él de ti, oh mi lector, oh mi lectora? ¿Eres tú el

esclavo redimido con tantas penas, que olvidas quién te

redimió y lo que por ti sufrió tu Redentor, para pasarla distraído

entre bagatelas y vanidades del mundo, y renuevas al amante

de las almas todos sus padecimientos y su atrocísima muerte

con tus pecados y con tu ingratitud y olvido?

¡Ah, meditemos, meditemos diariamente en la pasión

adorable del amantísimo Redentor nuestro Jesús! "¡No nos

cansemos de meditar en lo que Jesucristo no se cansó de

soportar por nosotros!”

La meditación de la Pasión Santísima de nuestro Señor

Jesucristo produce bienes inestimables en quien la hace

15

diariamente. Esta meditación enciende el alma de amor y

gratitud; produce la verdadera y perfecta contrición de los

pecados, esto es, el arrepentimiento no por temor a los

castigos, temporales o eternos, sino por el motivo del puro

amor a Dios; desapega de las cosas terrenas; aleja el pecado,

el cual no puede subsistir con esta santa meditación; mortifica

sin violencia y por vía de amor las pasiones; purifica el espíritu;

infunde la ciencia y la sabiduría, suscita grandes deseos de

perfección; fortifica al alma en el sufrimiento; aumenta de día

en día la gracia santificante; acelera la perfecta unión con

Dios... "¡Oh hombre –exclama San Buenaventura -, ¿quieres

siempre crecer de virtud en virtud, de gracia en gracia? ¡Medita

diariamente la pasión del Redentor!" El alma que medita con

amor diariamente la pasión de nuestro adorable Redentor y

Sumo Bien de nuestros corazones, y que la medita, se puede

decir, en compañía de Jesús penante, Jesús la asiste, la

transporta, la llena de compunción, la compenetra, la ilumina,

la inflama, y frecuentemente le comunica el don tan precioso

de las lágrimas, ese don que es una de las ocho

bienaventuranzas en esta tierra, pues nuestro Señor Jesucristo

dijo: "Bienaventurados los que lloran”.

Y oh, cuántas almas elegidas, meditando cotidianamente en

las dolorosas escenas de la pasión, finalmente, de las arideces

han pasado a la profunda conmoción de los sollozos, del llanto

y de los suspiros. Quiera también a nosotros el Sumo Bien

darnos tan grande gracia, dándonos la santa perseverancia en

esta amorosa meditación.

Leemos de un San Francisco de Asís que por el tanto llorar

sobre la pasión de nuestro Señor se quedó ciego. El profeta

Zacarías, como si tuviera presente todas las lágrimas que

habrían derramado en el tiempo del cristianismo las almas

amantes de Jesucristo sobre sus penas, y todos los lamentos

que habrían elevado, dijo: "¡Y se llorará sobre Él como suelen

llorar las madres, las muertes de sus unigénitos!" (Zac. 12, 10).

Yo no sé si entre los signos de predestinación a la vida

eterna haya alguno mayor que éste; por eso el apóstol dijo que

si compadecíamos a Jesucristo, seríamos con Él glorificados. Y

si ahora lloramos y nos interesamos por los padecimientos, por

las ignominias, por las angustias sufridas por Jesucristo por

amor nuestro, es muy justo que un día participemos también de

su gozo y de su eterna felicidad.

16

Otro gran provecho de meditar diariamente en la pasión de

nuestro Señor Jesucristo es el del más eficaz medio que se

adquiere para obtener toda gracia del Eterno Padre. Quien se

familiariza con los misterios de la pasión de nuestro Señor, los

cuales son innumerables, adquiere como un derecho de

presentarse ante el Divino Padre y pedirle todo lo que quiera.

Fue esta también una revelación de nuestro Señor Jesucristo a

Santa Gertrudis: "Mi Padre –le dijo- , no puede negar nada que

se le pida en virtud de mi pasión”. Y no debemos olvidarnos

que el objeto principal de nuestro Señor Jesucristo en su

inmenso sufrir y humillarse fue el amor, la obediencia y el celo

hacia su Eterno Padre. Y por eso, Él mismo en el evangelio

nos dejó dicho: "Hasta ahora habéis pedido y no habéis

obtenido, porque no habéis pedido en mi nombre, y Yo ahora

en verdad os digo que todo lo que pidiereis al Padre en mi

nombre, todo se os concederá, y vuestro gozo será pleno”. ¿Y

en dónde esta petición hecha al Eterno Padre por los méritos

de la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo tiene su

mayor eficacia? Sí, en el gran sacrificio de la Santa Misa, en el

cual se renueva, si bien de manera incruenta e impasible, el

misterio del Gólgota. ¿Y qué cosa es la Santísima Eucaristía si

no el memorial continuo de la pasión y muerte de nuestro

Señor Jesucristo? Precisamente por esto, nuestro Señor la

instituyó la tarde del Jueves Santo, mientras sus enemigos

preparaban sus padecimientos y su muerte, y, al instituirla

como exceso de su infinito amor por el hombre, dijo: "Tomad y

comed , esto es mi cuerpo, que por vosotros será entregado a

los flagelos y a la muerte. Tomad y bebed, esto es mi sangre,

la sangre del nuevo y eterno testamento, que será derramada

por vosotros y por muchos en remisión de los pecados. Esto

que Yo he hecho, hacedlo en memoria mía”. Y con esto dicho,

¿quién puede separar la pasión de nuestro Señor de la

Santísima Eucaristía, o ésta de aquella?

Y he aquí otro gran e inmenso provecho de la cotidiana

meditación de la pasión y muerte del Divino Redentor, el cual

es el crecer en el conocimiento, en el amor y en el

acercamiento al Santísimo Sacramento del altar. De los pies de

Jesús crucificado se va a los pies del Sacramento, donde se

adora, se ama y se pasa a la unión más íntima que pueda

haber entre el alma y Dios mediante la santísima comunión

eucarística. Ninguno que se acerque a recibir la Santa

Comunión debe descuidar dedicar media hora de meditación

17

sobre los sufrimientos de nuestro Señor Jesucristo.

Especialmente las almas que tienen el gran bien de acercarse

diariamente a la mesa de los ángeles, deben antes dedicarse a

meditar cualquier pasaje de la pasión de Nuestro Señor. El

doctor de la Iglesia, San Alfonso, expresa este concepto

cuando comienza la preparación de la Santa Comunión en sus

"Obras Espirituales" con aquellas palabras del sagrado Cantar:

"He aquí que Él viene por los montes, superando las colinas”. Y

explica: Oh mi Divino Redentor Jesús, cuántos collados

difíciles y ásperos habéis debido superar, etc.

Quien descuida la santa meditación de la adorable pasión de

nuestro Señor Jesucristo nunca hará una comunión fervorosa,

ni sacará nunca verdadero provecho de ella.

Lector o lectora mía, la meditación cotidiana de los

padecimientos y de la muerte de nuestro Señor Jesucristo,

mientras en nosotros produce los citados provechos, y mil otros

que yo, mísero no sé decir, otro bien inmenso produce, y del

cual gran aprecio hemos de tener: ¡Ella nos une a la

compasión de la más pura, de la más Santa entre las criaturas,

de la Santísima Virgen María, de la Madre misma del Verbo

Divino hecho Hombre!

¡Oh! Qué otro misterio de amor y de dolor hay aquí, y que el

cristiano no debe jamás olvidar: ¡María Santísima Dolorosa,

desolada, Reina de los mártires, copartícipe de todas las penas

del Redentor Divino! ¡María Santísima Corredentora del género

humano en unión con el Hombre Dios!

Los dolores de la gran Madre de Dios menos se pueden

comprender y penetrar por quien no los medita diariamente,

pues éstos no tienen nada de corporal y visible, sino que todas

son penas interiores, desolaciones íntimas, proporcionadas al

amor incomprensible de esta gran Madre de Jesucristo, su

Dios y su Hijo... Aquí los extremos son también ellos excesivos,

tanto por la sensibilidad delicadísima y materna de la Santísima

Virgen, que por cuanto era inmaculada, purísima, santísima y

sapientísima, tanto más era susceptible de penas interiores,

como por la medida del amor por Jesús, que en María era

inconmensurable, tanto, que superaba al ardor de todos los

serafines, y también por el conocimiento de la infinita majestad

y dignidad de Jesucristo, a quien Ella veía tan

ignominiosamente ultrajado y pisoteado como un gusano. Y

18

también por la inmensidad de su caridad por el género humano

y por cada alma en particular, puesto que por cada alma

entregaba con pleno consentimiento de su voluntad a su Divino

Hijo a los dolores, a los oprobios, a la muerte... y también

conocía y ponderaba la pérdida de tantas almas.

Solo ella comprendió y dividió las penas interiores y las

agonías del corazón santísimo de Jesús, desde la Encarnación

hasta la muerte, y todas las sufrió, bebiendo hasta las heces el

cáliz doloroso. Y de esta manera el martirio de la Santísima

Virgen, como dicen los autores sagrados, empezó en el

momento de la Encarnación y continuó siempre creciendo

hasta la muerte del Redentor Divino; y desde ésta hasta la

Resurrección de Jesucristo nuestro Señor tenemos lo que se

llama desolación de la santísima Virgen, que es el mayor de

sus insuperables dolores; y después del misterio de la

Resurrección tenemos un periodo de penas sensibilísimas de

la Inmaculada Señora, que es precisamente la gran escuela

abierta a todas las almas amantes de Jesucristo acerca de la

obligación y del modo de meditar la pasión de Jesucristo

bendito. Periodo éste que duró todo el tiempo restante de la

vida mortal de la Santísima Virgen María, que según unos fue

de doce años, según otros, de dieciséis, y según otros de

veintiún años. Durante todo este tiempo la Santísima Virgen no

hizo sino repasar día y noche en su alma santísima y uno por

uno todos los padecimientos de nuestro Señor Jesucristo en el

modo más íntimo que sólo Ella podía recordar y penetrar, tanto

los padecimientos que Jesús soportó en su Santísima

Humanidad como las ignominias y los ultrajes a los que se

quiso someter, como también las penas aun más tremendas de

su divino corazón y de su alma. La Santísima Virgen, al

recordar estos divinos padecimientos, los renovaba todos

dentro de Ella misma con tanto dolor y con tanta pena que por

ello habría podido morir a cada momento si la virtud divina no

la hubiese continuamente sostenido, como la sostuvo con un

continuo milagro durante la pasión de Nuestro Señor, en la cual

no una sino innumerables veces habría muerto de puro dolor.

Durante el tiempo que vivió en Jerusalén, Ella visitaba todos

los lugares en los que su Divino Hijo padeció por nosotros, y en

modo particular recorría personalmente, con profundas y

dolorosas contemplaciones, la vía de la cruz, comenzando

desde el palacio de Pilatos, donde Nuestro Señor fue

condenado a muerte, y siguiendo hasta el calvario. ¡De aquí

19

nació el piadoso ejercicio del vía crucis, que es una de las más

santas devociones de la Iglesia!

¡Así que, la escuela de la meditación de la pasión y muerte

de nuestro Señor Jesucristo la encontramos en María Dolorosa

y desolada! Oh, bienaventurada el alma que se está todo su

tiempo pensando entre Jesús y María, compadeciendo ora al

Hijo ora a la Madre, ora llorando con Una, ora con Otro, ora

representándose las escenas del huerto, de la captura, de los

tribunales, de los flagelos, de las espinas, de la condena, del

camino al calvario, de la crucifixión, de las tres horas de

agonía, de la sed, del abandono, y luego dirigiendo los ojos del

alma a toda la parte que tuvo en tales misterios de amor y de

dolor la Madre de Dios, la más afligida de las madres, la cual

sufrió con Jesucristo, si bien en un modo todo espiritual, y por

eso más doloroso, el huerto, la captura, los ultrajes, los

flagelos, las espinas, el camino al calvario, los clavos, la agonía

de la cruz y la misma amarguísima muerte...

Bienaventurada el alma que, internándose en los Corazones

Santísimos de Jesús y de María, entrevé, por cuanto es

posible, el abismo de las penas interiores; y en las olas

tempestuosas de esta contrición tan grande como un mar sin

playas, mezcla afanosamente sus lágrimas de amor, extraídas

por la cotidiana contemplación de las penas de Jesús y de

María.

+ + +

Sumergiéndonos en la Pasión de nuestro Señor

Ahora pasemos a las palabras de Nuestro Señor Jesucristo,

expresadas a través de sus escritos, para ver la importancia

que estas horas contienen:

2-69

Septiembre 2, 1899

“Hija mía, ten siempre ante tu mente la luz de mi Pasión,

porque al ver mis acerbísimas penas, las tuyas te parecerán

pequeñas, y al considerar la causa por la que sufrí tantos

dolores inmensos, que fue el pecado, los más pequeños

defectos te parecerán graves. En cambio, si no te miras en Mí,

las más pequeñas penas te parecerán pesadas y los defectos

graves los tomarás como cosa de nada”. Y ha desaparecido.

20

4-106

Febrero 8, 1902

Esta mañana, al venir mi adorable Jesús me ha participado

parte de su Pasión. Ahora, mientras me encontraba sufriendo,

el Señor para aliviarme me ha dicho:

“Hija mía, el primer significado de la Pasión contiene gloria,

alabanza, honor, agradecimiento, reparación a la Divinidad. El

segundo es la salvación de las almas y todas las gracias que

se necesitan para obtener esta finalidad. Entonces, quien

participa en las penas de mi Pasión, su vida contiene estos

mismos significados, no sólo, sino que toma la misma forma de

mi Humanidad, y como dicha Humanidad está unida con la

Divinidad, también el alma que participa en mis penas está en

contacto con la Divinidad y puede obtener lo que quiere. Es

más, sus penas son como llaves para abrir los tesoros divinos,

esto mientras vive acá abajo, y después allá en el Cielo

también le está reservada una gloria distinta que le es dada por

mi Humanidad y Divinidad, en modo de semejarse a mi misma

luz y gloria, y será una gloria más especial para toda la corte

celestial, que le será dada por medio de esta alma, por lo que

Yo le he comunicado, porque por cuantas más almas se han

semejado a Mí en las penas, tanto más de dentro de la

Divinidad saldrá luz y gloria, y toda la corte celestial participará

de esta gloria”.

Sea siempre bendito el Señor, y todo sea para su gloria y

honor.

6-40

Mayo 30, 1904

“Hija mía, cuánta ruina hace en el alma la soberbia, basta

decirte que forma un muro de división entre la criatura y Dios, y

de imágenes mías las transforma en demonios. Y además, si

tanto te duele y te desagrada que las criaturas sean tan ciegas

que ellas mismas no entiendan ni vean el precipicio en el cual

se encuentran, y tanto deseas que Yo las ayude, mi Pasión

sirve como vestido al hombre, que le cubre las más grandes

miserias, lo embellece y le restituye todo el bien que por el

pecado se había quitado y había perdido, por lo cual Yo te

hago don de mi Pasión, a fin de que te sirva a ti y para quien

quieras tú”.

21

6-116

Junio 5, 1905

…“Hija mía, las cruces, las mortificaciones, son otras tantas

fuentes bautismales, y cualquier especie de cruz que está

empapada en el pensamiento de mi Pasión, pierde la mitad de

la aspereza y disminuye la mitad del peso”.

7-63

Noviembre 9, 1906

…“Hija mía, me es tan querido quien siempre va pensando

en mi Pasión, y siente desagrado y me compadece, que me

siento como retribuido por todo lo que sufrí en el curso de mi

Pasión, y el alma rumiándola siempre, viene a formar un

alimento continuo, en el que hay tantos diversos condimentos y

sabores que producen diversos efectos. Así que si en el curso

de mi Pasión me dieron cadenas y cuerdas para atarme, el

alma me desata y me da la libertad; aquellos me despreciaron,

me escupieron y me deshonraban, ella me aprecia, me limpia

de esas escupitinas y me honra; aquellos me desnudaron y me

flagelaron, ella me cura y me viste; aquellos me coronaron de

espinas tratándome como rey de burla, me amargaron la boca

con hiel y me crucificaron, el alma rumiando todas mis penas

me corona de gloria y me honra como su Rey, me llena la boca

de dulzura dándome el alimento más exquisito como es el

recuerdo de mis mismas obras, y desclavándome de la cruz

me hace resucitar en su corazón, dándole Yo por recompensa,

cada vez que hace esto, una nueva vida de gracia, así que ella

es mi alimento y Yo me hago su alimento continuo. Así que la

cosa que más me agrada es que el alma piense siempre en mi

Pasión”.

7-76

Enero 13, 1907

“Hija mía, cuánto amo a las almas, mira: La naturaleza

humana estaba corrompida, humillada, sin esperanza de gloria

y de resurgimiento, y Yo quise sufrir todas las humillaciones en

mi Humanidad, especialmente quise ser desnudado, flagelado

y que a pedazos cayeran mis carnes bajo los azotes, casi

deshaciendo mi Humanidad para rehacer la humanidad de las

criaturas, y hacerla resurgir llena de vida, de honor y de gloria a

22

la vida eterna. ¿Qué otra cosa podía hacer y que no haya

hecho?”

11-50

Marzo 24, 1913

…“Hija mía, a mi querida Mamá nunca se le escapó el

pensamiento de mi Pasión, y a fuerza de repetirla se llenó toda,

toda de Mí. Así sucede al alma, a fuerza de repetir lo que Yo

sufrí viene a llenarse de Mí”.

11-52

Abril 10, 1913

“Hija mía, quien piensa siempre en mi Pasión forma en su

corazón una fuente, y por cuanto más piensa en ella, tanto más

esta fuente se agranda, y como las aguas que brotan son

aguas comunes a todos, así esta fuente de mi Pasión que se

forma en el corazón sirve para bien del alma, para gloria mía y

para bien de las criaturas”.

Y yo: “Dime bien mío, ¿qué cosa darás en recompensa a

aquellos que harán las horas de la Pasión como Tú me las has

enseñado?”

Y Él: “Hija mía, estas horas no las consideraré como cosas

vuestras, sino como hechas por Mí, os daré mis mismos

méritos como si Yo estuviera sufriendo en acto mi Pasión y los

mismos efectos según las disposiciones de las almas, esto en

la tierra, premio mayor no podría darles; luego en el Cielo, a

estas almas me las pondré de frente, saeteándolas con saetas

de amor y de contentos por cuantas veces han hecho las horas

de mi Pasión, y ellas me saetearán a Mí. ¡Qué dulce encanto

será esto para todos los bienaventurados!”

11-60

Septiembre 6, 1913

…Estaba pensando en las horas de la Pasión escritas, y en

que como están sin indulgencias, quien las hace no gana nada,

mientras que hay tantas oraciones enriquecidas con tantas

indulgencias. Mientras esto pensaba, mi siempre amable

Jesús, todo benignidad me ha dicho:

“Hija mía, con las oraciones indulgenciadas se gana alguna

cosa, en cambio las horas de mi Pasión, que son mis mismas

oraciones, mis reparaciones y todo amor, han salido

23

propiamente del fondo de mi corazón. ¿Has acaso olvidado

cuántas veces me he unido contigo para hacerlas juntos y he

cambiado los flagelos en gracias para toda la tierra? Por eso es

tal y tanta mi complacencia, que en lugar de la indulgencia le

doy al alma un puñado de amor, que contiene precio

incalculable de infinito valor, y además, cuando las cosas son

hechas por puro amor, mi amor encuentra en eso su desahogo,

y no es indiferente que la criatura dé alivio y desahogo al amor

de su Creador”.

11-80

Octubre, 1914

…Estaba escribiendo las horas de la Pasión y pensaba entre

mí: “Cuántos sacrificios para escribir estas benditas horas de la

Pasión, especialmente por tener que poner en el papel ciertos

actos internos que sólo entre yo y Jesús han pasado, ¿cuál

será la recompensa que Él me dará por esto?” Y Jesús

haciéndome oír su voz tierna y dulce me ha dicho:

“Hija mía, en recompensa por haber escrito las horas de mi

Pasión, por cada palabra que has escrito te daré un beso, un

alma”.

Y yo: “Amor mío, esto a mí, y a aquellos que las harán, ¿qué

les darás?”

Y Jesús: “Si las hacen junto Conmigo y con mi misma

Voluntad, por cada palabra que reciten les daré también un

alma, porque toda la mayor o menor eficacia de estas horas de

mi Pasión está en la mayor o menor unión que tienen Conmigo,

y haciéndolas con mi Voluntad, la criatura se esconde en mi

Querer, y actuando mi Querer puedo hacer todos los bienes

que quiero, aun por medio de una sola palabra, y esto cada vez

que las hagan”.

En otra ocasión estaba lamentándome con Jesús, porque

después de tantos sacrificios para escribir las horas de la

Pasión, eran muy pocas las almas que las hacían, y entonces

Él me dijo:

“Hija mía, no te lamentes, aunque fuera sólo una deberías

estar contenta, ¿no habría sufrido Yo toda mi Pasión aunque

se debiera salvar una sola alma? Así también tú, jamás se

debe omitir el bien porque sean pocos los que lo aprovechen,

todo el mal es para quien no lo aprovecha, y así como mi

Pasión hizo adquirir el mérito a mi Humanidad como si todos se

salvaran, a pesar de que no todos se salvan, porque mi

Voluntad era la de salvarlos a todos, entonces merecí según lo

24

que Yo quería, no según el provecho que las criaturas harían;

así tú, según que tu voluntad se haya ensimismado con mi

Voluntad, de querer y de hacer el bien a todos, así serás

recompensada, todo el mal es de aquellos que pudiendo no las

hacen, estas horas son las más preciosas de todas, pues no

son otra cosa que repetir lo que Yo hice en el curso de mi vida

mortal, y lo que continúo en el Santísimo Sacramento. Cuando

escucho estas horas de mi Pasión, escucho mi misma voz, mis

mismas oraciones, veo mi Voluntad en esa alma, la cual es de

querer el bien de todos y de reparar por todos, y Yo me siento

transportado a morar en ella para poder hacer en ella lo que

hace ella misma. ¡Oh, cuánto quisiera que aunque fuera una

sola por región hiciera estas horas de mi Pasión!, me oiría a Mí

mismo en cada lugar, y mi Justicia en estos tiempos tan

grandemente indignada, quedaría en parte aplacada”.

Agrego que un día estaba haciendo la hora cuando la Mamá

Celestial dio sepultura a Jesús, y yo la seguía para hacerle

compañía en su amarga desolación para compadecerla. No

tenía la costumbre de hacer esta hora siempre, sólo algunas

veces, y estaba indecisa si debía hacerla o no, y Jesús bendito,

todo amor y como si me lo rogara me ha dicho:

“Hija mía, no quiero que la descuides, la harás por amor mío

en honor de mi Mamá. Debes saber que cada vez que tú la

haces, mi Mamá se siente como si estuviera en persona en la

tierra y repetir su vida, y por lo tanto recibe Ella la gloria y el

amor que me dio a Mí en la tierra, y Yo siento como si

estuviera de nuevo mi Mamá en la tierra, sus ternuras

maternas, su amor y toda la gloria que Ella me dio, por eso te

tendré en consideración de madre”.

Entonces, abrazándome, oía que me decía quedo, quedo:

“Mamá mía, mamá”. Y me sugería lo que hizo y sufrió en esta

hora la dulce Mamá, y yo la seguía. Desde ese día en adelante

no la he descuidado, ayudada por su gracia.

11-82

Noviembre 4, 1914

“Hija mía, si tú supieras la gran complacencia que siento al

verte repetir estas horas de mi Pasión, y siempre repetirlas, y

de nuevo repetirlas, quedarías feliz. Es verdad que mis santos

han meditado mi Pasión y han comprendido cuánto sufrí y se

han deshecho en lágrimas de compasión, tanto, de sentirse

consumar de amor por mis penas, pero no lo han hecho así de

continuo y siempre repetido con este orden, así que puedo

25

decir que tú eres la primera que me da este gusto tan grande y

especial, y al ir desmenuzando en ti hora por hora mi Vida y lo

que sufrí, Yo me siento tan atraído, que hora por hora te voy

dando el alimento y como contigo el mismo alimento, y hago

junto contigo lo que haces tú. Debes saber que te

recompensaré abundantemente con nueva luz y nuevas

gracias, y aun después de tu muerte, cada vez que sean

hechas por las almas en la tierra estas horas de mi Pasión, Yo

en el Cielo te cubriré siempre de nueva luz y gloria”.

11-83

Noviembre 6, 1914

…“Hija mía, el mundo está en continuo acto de renovar mi

Pasión, y como mi inmensidad envuelve a todos, dentro y fuera

de las criaturas, por eso estoy obligado por su contacto a

recibir clavos, espinas, flagelos, desprecios, escupitajos y todo

lo demás que sufrí en la Pasión, y aun más. Ahora, quien hace

estas horas de mi Pasión, a su contacto me siento sacar los

clavos, romper las espinas, endulzar las llagas, quitar los

salivazos, me siento cambiar en bien el mal que me hacen los

demás, y Yo, sintiendo que su contacto no me hace mal, sino

bien, me apoyo siempre más sobre ella”.

Después de esto, volviendo el bendito Jesús a hablar de

estas horas de la Pasión ha dicho:

“Hija mía, has de saber que con hacer estas horas, el alma

toma mis pensamientos y los hace suyos, mis reparaciones, las

oraciones, los deseos, los afectos y aun mis más íntimas fibras

y las hace suyas, y elevándose entre el Cielo y la tierra hace mi

mismo oficio, y como corredentora dice junto Conmigo: “Ecce

ego mitte me”, quiero repararte por todos, responderte por

todos e implorar el bien para todos”.

11-122

Abril 23, 1916

Continuando mi habitual estado, mi adorable Jesús se hacía

ver todo circundado de luz que le salía de dentro de su

Santísima Humanidad, que lo embellecía en modo tal de

formar una vista encantadora y raptora, yo quedé sorprendida y

Jesús me dijo:

“Hija mía, cada pena que sufrí, cada gota de sangre, cada

llaga, oración, palabra, acción, paso, etc., produjo una luz en

mi Humanidad capaz de embellecerme en modo tal, de tener

26

raptados a todos los bienaventurados. Ahora, el alma a cada

pensamiento de mi Pasión, a cada condolencia, a cada

reparación, etc., que hace, no hace otra cosa que tomar luz de

mi Humanidad y embellecerse a mi semejanza, así que un

pensamiento de más de mi Pasión, será una luz de más que le

llevará un gozo eterno”.

11-133

Octubre 13, 1916

Estaba haciendo las horas de la Pasión, y el bendito Jesús

me dijo:

“Hija mía, en el curso de mi Vida mortal, millones y millones

de ángeles cortejaban a mi Humanidad y recogían todo lo que

Yo hacía, los pasos, las obras, las palabras y aun los suspiros,

las penas, las gotas de sangre, en suma, todo. Eran ángeles

destinados a mi custodia, a darme honor, obedientes a todas

mis señales, subían y bajaban del Cielo para llevar al Padre

todo lo que Yo hacía. Ahora estos ángeles tienen un oficio

especial, y conforme el alma hace memoria de mi Vida, de mi

Pasión, de mi sangre, de mis llagas, de mis oraciones, se

ponen en torno a esta alma y recogen sus palabras, sus

oraciones y condolencias que me hacen, las lágrimas, los

ofrecimientos, los unen con los míos y los llevan ante mi

Majestad para renovarme la gloria de mi misma Vida, es tanta

la complacencia de los ángeles, que reverentes están en torno

para oír lo que dice el alma y rezan junto con ella, por eso con

qué atención y respeto el alma debe hacer estas horas,

pensando que los ángeles están pendientes de sus labios, para

repetir junto a ella lo que ella dice”.

Luego ha agregado: “Ante tantas amarguras que las

criaturas me dan, estas horas son los pequeños sorbos dulces

que las almas me dan, pero ante tantos sorbos amargos que

recibo, son demasiado pocos los dulces, por eso, más difusión,

más difusión”.

11-144

Febrero 2, 1917

Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado

fuera de mí misma, y he encontrado a mi siempre amable

Jesús, todo chorreando sangre, con una horrible corona de

espinas, y con dificultad me miraba por entre las espinas, y me

dijo:

27

“Hija mía, el mundo se ha desequilibrado porque ha perdido

el pensamiento de mi Pasión. En las tinieblas no ha encontrado

la luz de mi Pasión que lo ilumine, que haciéndole conocer mi

Amor y cuántas penas me cuestan las almas, pueda reaccionar

y amar a quien verdaderamente lo ha amado, y la luz de mi

Pasión, guiándolo, lo ponía en guardia de todos los peligros; en

la debilidad no ha encontrado la fuerza de mi Pasión que lo

sostenga; en la impaciencia no ha encontrado el espejo de mi

paciencia que le infunda la calma, resignación, y ante mi

paciencia, avergonzándose tenga como un deber dominarse a

sí mismo; en las penas no ha encontrado el consuelo de las

penas de un Dios, que sosteniendo las suyas le infunda amor

al sufrir; en el pecado no ha encontrado mi santidad, que

haciéndole frente le infunda odio a la culpa. ¡Ah! en todo ha

prevaricado el hombre porque se ha separado en todo de quien

podía ayudarlo, por eso el mundo ha perdido el equilibrio, ha

hecho como un niño que no ha querido conocer más a su

madre, como un discípulo que desconociendo al maestro no ha

querido escuchar más sus enseñanzas ni aprender sus

lecciones, ¿qué será de este niño y de este discípulo? Serán el

dolor de sí mismos y el terror y el dolor de la sociedad. Tal se

ha hecho el hombre, terror y dolor, pero dolor sin piedad, ¡ah,

el hombre empeora, empeora siempre más y Yo lo lloro con

lágrimas de sangre!”

12-10

Mayo 16, 1917

“Hija mía, cada vez que la criatura se funde en Mí, da a

todas las criaturas el influjo de Vida Divina, y según tienen

necesidad obtienen su efecto: Quien es débil siente la fuerza,

quien es obstinada en la culpa recibe la luz, quien sufre recibe

el consuelo, y así de todo lo demás”.

Después me he encontrado fuera de mí misma, me

encontraba en medio de muchas almas que me hablaban, –

parecía que fueran almas purgantes y santos–, y nombraban a

una persona conocida mía, muerta no hacía mucho, y me

decían: “Él se siente feliz al ver que no hay alma que entre en

el Purgatorio que no lleve el sello de las horas de la Pasión, y

cortejadas, ayudadas por estas horas, toma sitio en lugar

seguro; y no hay alma que vuele al Paraíso que no sea

acompañada por estas horas de la Pasión; estas horas hacen

llover del Cielo continuo rocío sobre la tierra, en el Purgatorio y

hasta en el Cielo”. Al oír esto decía entre mí: “Tal vez mi

28

amado Jesús para mantener la palabra dada, que por cada

palabra de las horas de la Pasión daría un alma, no hay alma

que se salve que no se sirva de estas horas”.

Después he vuelto en mí misma, y habiendo encontrado a

mi dulce Jesús le he preguntado si eso era verdad.

Y Él: “Estas horas son el orden del universo, y ponen en

armonía el Cielo y la tierra y me disuaden de no destruir al

mundo; siento poner en circulación mi sangre, mis llagas, mi

amor y todo lo que Yo hice, y corren sobre todos para salvar a

todos. Y conforme las almas hacen estas horas de la Pasión,

me siento poner en camino mi sangre, mis llagas, mis ansias

de salvar las almas, y me siento repetir mi Vida. ¿Cómo

pueden obtener las criaturas algún bien si no es por medio de

estas horas? ¿Por qué lo dudas? La cosa no es tuya, sino mía,

tú has sido el esforzado y débil instrumento”.

12-55

Julio 12, 1918

Estaba rezando con cierto temor y ansiedad por un alma

moribunda, y mi amable Jesús al venir me ha dicho:

“Hija mía, ¿por qué temes? ¿No sabes tú que por cada

palabra sobre mi Pasión, pensamiento, compasión, reparación,

recuerdo de mis penas, tantas vías de comunicación de

electricidad se abren entre el alma y Yo, y por lo tanto de

tantas variedades de belleza se va adornando el alma? Ella ha

hecho las horas de mi Pasión y Yo la recibiré como hija de mi

Pasión, vestida con mi sangre y adornada con mis llagas. Esta

flor ha crecido en tu corazón y Yo la bendigo y la recibo en el

mío como una flor predilecta”.

13-26

Octubre 21, 1921

Estaba pensando en la Pasión de mi dulce Jesús, entonces

Él, al venir me ha dicho.

“Hija mía, cada vez que el alma piensa en mi Pasión,

recuerda lo que he sufrido o me compadece, en ella se

renueva la aplicación de mis penas, surge mi sangre para

inundarla y mis llagas se ponen en camino para sanarla si está

llagada, o para embellecerla si está sana, y todos mis méritos

para enriquecerla. El negocio que hace es sorprendente, es

como si pusiera en el banco todo lo que hice y sufrí, y de ello

obtiene el doble, porque todo lo que hice y sufrí está en

29

continuo acto de darse al hombre, así como el sol está en

continuo acto de dar luz y calor a la tierra; mi obrar no está

sujeto a agotarse, solamente conque el alma lo quiera, y por

cuantas veces lo quiera, recibe el fruto de mi Vida, así que si

se recuerda veinte, cien, mil veces de mi Pasión, tantas veces

de más gozará los efectos de Ella, pero qué pocos son los que

de Ella hacen tesoro. Con todo el bien de mi Pasión se ven

almas débiles, ciegas, sordas, mudas, cojas, cadáveres

vivientes que dan repugnancia, porque mi Pasión ha sido

puesta en el olvido. Mis penas, mis llagas, mi sangre, son

fuerza que quita las debilidades, luz que da vista a los ciegos,

lengua que desata las lenguas y abre el oído, es medio que

endereza a los cojos, vida que resucita los cadáveres. Todos

los remedios necesarios a la humanidad están en mi Vida y en

mi Pasión, pero la criatura desprecia la medicina y no pone

atención a los remedios, por eso se ve que con toda mi

Redención, el hombre perece en su estado como afectado por

una tisis incurable. Pero lo que más me duele es ver a

personas religiosas que se fatigan para hacer adquisición de

doctrinas, de especulaciones, de historias, pero de mi Pasión,

nada, así que mi Pasión muchas veces está desterrada de las

iglesias, de la boca de los sacerdotes, así que su hablar es sin

luz, y las gentes se quedan más en ayunas que antes”.

28-4

Marzo 9, 1930

Después de esto estaba siguiendo mi giro en el Querer

Divino, y ahora me detenía en un punto, y ahora en algún otro

de lo que había hecho y padecido mi amado Jesús, y Él, como

herido por sus mismos actos que yo le ponía alrededor con

decirle: “Amor mío, mi te amo corre en el tuyo; mira oh Jesús,

cuánto nos has amado, sin embargo te falta otra cosa por

hacer, no has hecho todo, te falta darnos el gran don de tu Fiat

Divino como vida en medio a las criaturas, a fin de que reine y

forme su pueblo; pronto, oh Jesús, ¿qué esperas? Tus mismas

obras, tus penas, reclaman el Fiat Voluntas Tua come in Cielo

così in terra”. Pero mientras esto pensaba, mi dulce Jesús ha

salido de dentro de mi interior y me ha dicho:

“Hija mía, cuando un alma recuerda lo que Yo hice y sufrí en

el curso de mi Vida acá abajo, me siento renovar mi amor, por

lo cual se inflama y desborda, y el mar de mi amor forma olas

altísimas para verterse en modo duplicado sobre las criaturas.

Si tú supieras con cuanto amor te espero cuando giras en mi

30

Querer Divino en cada uno de mis actos, porque en Él todo lo

que Yo hice y sufrí, está todo en acto como si realmente lo

estuviese haciendo, y Yo con todo amor te espero para decirte:

‘Mira hija, esto lo hice para ti, lo sufrí por ti, ven a reconocer las

propiedades de tu Jesús, que son también tuyas’. Mi corazón

sufriría si la pequeña hija de mi Querer Divino no reconociera

todos mis bienes; tener ocultos nuestros bienes a quien vive en

nuestro Fiat Divino, sería no tenerla como hija, o bien, no tener

con ella nuestra plena confianza, lo que no puede ser, porque

nuestra Voluntad nos la unifica tanto, que lo que es nuestro es

suyo. Así que para Nosotros sería más bien una pena, y nos

encontraríamos en las condiciones de un padre riquísimo que

posee muchas propiedades, y los hijos no saben que el padre

posee tantos bienes, por lo que no conociéndolos se habitúan

a vivir como pobres, a tener modos rústicos, ni se preocupan

de vestir noblemente; ¿no sería un dolor para el padre que

tiene ocultas sus propiedades a estos hijos? Mientras que con

hacerlas conocer cambiarían hábitos en el vivir, vestir, y

usarían modos nobles según su condición. Si dolor sería para

un padre terreno, mucho más para tu Jesús, que es Padre

Celestial. Conforme te hago conocer lo que he hecho y

padecido, y los bienes que posee mi Querer Divino, así mi

amor crece hacia ti, y tu amor crece siempre más hacia Mí, y

mi corazón se alegra al ver a la pequeña hija nuestra rica de

nuestros mismos bienes. Por eso tu girar en mi Querer Divino

es un desahogo de mi amor, y me dispone a hacerte conocer

cosas nuevas y a darte una leccioncita de más de todo lo que

nos pertenece, y te dispone a ti a escucharla y a recibir

nuestros dones”.

Para qué meditar la Pasión de Jesús.

Meditar la PASIÓN DE JESUS debiera ser un

desbordamiento de nuestra inteligencia, de nuestro corazón,

para estar siempre unidos con nuestro amado Jesús y

consolarlo no sólo con el recuerdo de todo lo que Él sufrió, sino

con el fundirnos en Él para acompañarlo y hacer nuestras sus

penas. Sin embargo, lo que más lo consolaría sería que

aprovecháramos al máximo estos sufrimientos, obteniendo el

fruto completo de su Redención, pero, ¿cuál es este fruto

completo? S. Ireneo, nos da la respuesta correcta: «Porque el

Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» También S.

Atanasio nos deja delineado nuestro fin: «El Hijo Unigénito de

Dios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió

31

nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre,

hiciera dioses a los hombres»

Ésta es, ni más ni menos, nuestra finalidad, la finalidad que

Dios se trazó desde toda la eternidad, así que la Redención no

fue únicamente para "salvarnos", no, la salvación era

simplemente el principio de la gran obra, principio, no finalidad,

por eso, el consuelo más grande que podemos darle a Jesús,

no es el recordar su Pasión, no es el condolernos de Él, sino el

consuelo máximo debe ser que vea que todo lo que hizo en su

Vida logra su cometido, o sea unificarnos con Él y que pueda

comunicarnos su propia "Naturaleza", y nosotros que la

podamos recibir.

De la misma manera que un padre no estaría satisfecho con

que su hijo solamente se pasara la vida recordando todo lo que

trabajó, los esfuerzos que hizo, los sufrimientos y las penurias

para mantenerlo, alimentarlo, darle educación, etc., pero que

no se hubiera aprovechado de todo eso para llegar a ser lo que

el padre anheló, de igual manera Dios con nosotros.

En primer lugar habrá que analizar la causa de la venida de

Jesús al mundo en forma «pasible», pues debemos recordar

que Jesús tenía que venir al mundo aunque no hubiera habido

pecado, para eso fue creado, y sobre todo tenía que venir para

enseñarnos a vivir de su Voluntad y dejar sus actos en acto

para que los pudiéramos tomar.

En el siguiente capítulo veremos tanto la finalidad de la

creación del hombre, como el por qué Jesús tuvo que

padecer:

25-34

Marzo 31, 1929

"Pequeña hija de mi Querer, tú debes saber que son

derechos absolutos de mi Fiat Divino el tener el primado sobre

cada uno de los actos de la criatura, y quien le niega el

primado le quita sus derechos divinos que por justicia le son

debidos, porque es creador del querer humano. ¿Quién puede

decirte hija mía cuánto mal puede hacer una criatura cuando

llega a sustraerse de la Voluntad de su Creador? Mira, bastó

un acto de sustracción del primer hombre a nuestra Voluntad

Divina para cambiar la suerte de las generaciones humanas, y

no sólo eso, sino que cambió la misma suerte de nuestra

Divina Voluntad. Si Adán no hubiese pecado, el Verbo Eterno,

que es la misma Voluntad del Padre Celestial, debía venir a la

32

tierra glorioso, triunfante y dominador, acompañado

visiblemente por su ejército angélico, que todos debían ver, y

con el esplendor de su gloria debía fascinar a todos y atraer a

todos a Sí con su belleza; coronado como rey y con el cetro de

mando para ser rey y cabeza de la familia humana, de modo

de darle el gran honor de poder decir: 'Tenemos un rey

hombre y Dios.’ Mucho más que tu Jesús no descendía del

Cielo para encontrar al hombre enfermo, porque si no se

hubiera sustraído de mi Voluntad Divina no debían existir

enfermedades, ni de alma ni de cuerpo, porque fue la voluntad

humana la que casi ahogó de penas a la pobre criatura; el Fiat

Divino era intangible de toda pena y tal debía ser el hombre.

Por lo tanto Yo debía venir a encontrar al hombre feliz, santo

y con la plenitud de los bienes con los cuales lo había creado.

En cambio, porque quiso hacer su voluntad cambió nuestra

suerte, y como estaba decretado que Yo debía descender

sobre la tierra, y cuando la Divinidad decreta, no hay quien la

aparte, sólo cambié modo y aspecto, así que descendí, pero

bajo vestidos humildísimos, pobre, sin ningún aparato de gloria,

sufriente, llorando y cargado con todas las miserias y penas del

hombre. La voluntad humana me hacía venir a encontrar al

hombre infeliz, ciego, sordo y mudo, lleno de todas las

miserias, y Yo para sanarlo lo debía tomar sobre de Mí, y para

no infundirle espanto debía mostrarme como uno de ellos para

hermanarlos y darles las medicinas y remedios que se

necesitaban. Así que el querer humano tiene la potencia de

volverse feliz o infeliz, santo o pecador, sano o enfermo.

Entonces mira, si el alma se decide a hacer siempre, siempre

mi Divina Voluntad y vivir en Ella, cambiará su suerte y mi

Divina Voluntad se lanzará sobre la criatura, la hará su presa y

dándole el beso de la Creación cambiará aspecto y modo, y

estrechándola a su seno le dirá: 'Pongamos todo a un lado,

para ti y para Mí han regresado los primeros tiempos de la

Creación, todo será felicidad entre tú y Yo, vivirás en nuestra

casa, como hija nuestra, en la abundancia de los bienes de tu

Creador.’ Escucha mi pequeña recién nacida de mi Divina

Voluntad, si el hombre no hubiese pecado, no se hubiese

sustraído de mi Divina Voluntad, Yo habría venido a la tierra,

pero ¿sabes como? Lleno de Majestad, como cuando resucité

de la muerte, que si bien tenía mi Humanidad similar al

hombre, unida al Verbo Eterno, pero con qué diversidad mi

Humanidad resucitada era glorificada, vestida de luz, no sujeta

ni a sufrir, ni a morir, era el divino triunfador. En cambio mi

Humanidad antes de morir, estaba sujeta, si bien

33

voluntariamente, a todas las penas, es más, fui el hombre de

los dolores. Y como el hombre tenía aún los ojos ofuscados por

el querer humano, y por eso aún enfermo, pocos fueron los que

me vieron resucitado, lo que sirvió para confirmar mi

Resurrección. Después subí al Cielo para dar tiempo al hombre

de tomar los remedios y las medicinas a fin de que curase y se

dispusiera a conocer mi Divina Voluntad, para vivir no de la

suya, sino de la mía, y así podré hacerme ver lleno de

majestad y de gloria en medio a los hijos de mi reino. Por eso

mi Resurrección es la confirmación del Fiat Voluntas Tua come

in Cielo cosí in terra. Después de un tan largo dolor, sufrido por

mi Divina Voluntad por tantos siglos por no tener su reino sobre

la tierra y su absoluto dominio, era justo que mi Humanidad

pusiera a salvo sus derechos y realizase mi y su finalidad

primaria, la de formar su reino en medio a las criaturas.

Además de esto, tú debes saber, para confirmarte

mayormente, cómo la voluntad humana cambió su suerte y la

de la Divina Voluntad en relación a él. En toda la historia del

mundo, sólo dos han vivido de Voluntad Divina sin jamás hacer

la suya, y fuimos la Soberana Reina y Yo, y la distancia, la

diversidad entre Nosotros y las otras criaturas es infinita, tanto,

que ni siquiera nuestros cuerpos quedaron sobre la tierra,

habían servido como morada al Fiat Divino y Él se sentía

inseparable de nuestros cuerpos y por eso los reclamó, y con

su fuerza imperante raptó nuestros cuerpos junto con nuestras

almas en su patria celestial. ¿Y por qué todo esto? Toda la

razón está en que jamás nuestra voluntad humana tuvo un acto

de vida, sino que todo el dominio y el campo de acción fue sólo

de mi Divina Voluntad. Su Potencia es infinita, su Amor es

insuperable."

Después de esto ha hecho silencio y yo sentía que nadaba

en el mar del Fiat y, ¡oh, cuántas cosas comprendía, y mi dulce

Jesús ha agregado:

"Hija mía, con no hacer mi Divina Voluntad, la criatura pone

en desorden el orden que tuvo la Divina Majestad en la

Creación, se deshonra a sí misma, desciende en lo bajo, se

pone a distancia con su Creador, pierde el principio, el medio y

el fin de aquella Vida Divina que con tanto amor le fue

infundida en el acto de ser creada. Nosotros amábamos tanto a

este hombre, que poníamos en él, como principio de vida a

nuestra Divina Voluntad, queríamos sentirnos raptar por él,

queríamos sentir en él nuestra fuerza, nuestra potencia,

nuestra felicidad, nuestro mismo eco continuo, y ¿quién más

podía hacernos sentir y ver todo esto, sino nuestra Divina

34

Voluntad bilocada en él? Queríamos ver en el hombre al

portador de su Creador, el cual debía volverlo feliz en el tiempo

y en la eternidad. Por eso al no hacer nuestra Divina Voluntad,

sentimos a lo vivo el gran dolor de nuestra obra desordenada,

nuestro eco apagado, nuestra fuerza raptora que debía

raptarnos para darle nuevas sorpresas de felicidad se convirtió

en debilidad, en suma, se trastornó. He aquí por qué no

podemos tolerar tal desorden en nuestra obra, y si tanto he

dicho sobre mi Fiat Divino, es propiamente ésta la finalidad,

que queremos poner al hombre en el orden, a fin de que

regrese sobre los primeros pasos de su creación, y corriendo

en él el humor vital de nuestro Querer, forme de nuevo a

nuestro portador, nuestra morada sobre la tierra, su y nuestra

felicidad."

¿Cómo hacer estas Horas?

Generalmente estas horas se hacen en forma individual,

meditándose una hora por día, no es necesario hacerla a la

hora indicada en cada una de ellas, pudiendo meditarla en el

momento en que se tenga el tiempo suficiente para hacerla con

calma, así en el transcurso de 24 días se terminará todo el

reloj, volviendo a comenzar nuevamente, en forma

ininterrumpida.

Otra manera de hacerlo es reunir 24 personas que se

comprometan a meditar 1 hora diariamente, repartiéndose las

horas entre las 24 personas, por lo que diariamente se

meditarán las 24 horas; de ahí en adelante se avanzará

normalmente una meditación por día, no repitiendo la misma

meditación, de la misma manera que cuando se hacen en

forma particular, y en un lapso de 24 días, cada uno de los

integrantes habrá meditado todas las horas. Esto se puede

hacer una sola vez, o mejor, si todos se comprometen se

puede hacer en forma continua. Lo importante es hacerlas

junto con Él y con su misma Voluntad.

11-126

Junio 15, 1916

Y así toda la noche me la pasé con Jesús en su Querer.

Después sentí a la Reina Mamá junto a mí y me dijo:

“Hija mía, reza”.

Y yo: “Mamá mía, recemos juntas, pues por mí sola yo no sé

rezar”.

35

Y Ella ha agregado: “Las oraciones más potentes sobre el

corazón de mi Hijo y que más lo enternecen, es cuando la

criatura se reviste con todo lo que Él mismo obró y sufrió,

habiendo dado todo eso como don a la criatura. Por tanto hija

mía, reviste tu cabeza con las espinas de Jesús, adorna tus

ojos con sus lágrimas, impregna tu lengua con su amargura,

reviste tu alma con su sangre, adórnate con sus llagas,

traspasa tus manos y pies con sus clavos, y como otro Cristo

preséntate ante su Divina Majestad. Este espectáculo lo

conmoverá, de manera que no sabrá rehusar nada al alma

revestida con sus mismas divisas, pero, ¡oh, cuán poco saben

las criaturas servirse de los dones que mi Hijo les ha dado!

Estas eran mis oraciones en la tierra, y éstas lo son aún en el

Cielo”.

Entonces juntas nos hemos revestido con las divisas de

Jesús, y juntas nos hemos presentado ante el trono divino,

cosa que conmovía a todos, los ángeles nos querían ver y

quedaban sorprendidos. Yo agradecí a la Mamá y me encontré

en mí misma.

36

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