viernes, 10 de marzo de 2023

SEXTA HORA DE LAS 10 A LAS 11 DE LA NOCHE SEGUNDA HORA DE AGONÍA EN EL HUERTO DE GETSEMANÍ

 SEXTA HORA

DE LAS 10 A LAS 11 DE LA NOCHE

SEGUNDA HORA DE AGONÍA EN EL HUERTO DE GETSEMANÍ

Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo

por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu

lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu

amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi

cabeza sobre tu corazón empiezo:

 


Oh mi dulce Jesús, ya ha pasado una hora desde que te

encontré en este huerto; el amor ha tomado el primado en

todo, haciéndote sufrir todo junto, todo lo que los verdugos te

harán sufrir a lo largo de tu amarguísima Pasión; es más, suple

y llega a hacerte sufrir lo que ellos no pueden hacerte, en las

partes más íntimas de tu divina Persona. Oh mi Jesús, te veo

vacilante en los pasos, no obstante quieres caminar. Dime, oh

mi bien, ¿a dónde quieres ir? Ah, he entendido, quieres ir a

encontrar a tus amados discípulos; yo quiero acompañarte a fin

de que si Tú vacilas yo te sostenga.

Pero, oh mi Jesús, otra amargura para tu corazón, ellos

duermen, y Tú siempre piadoso los llamas, los despiertas, y

 

con amor todo paterno los amonestas y les recomiendas la

 

vigilia y la oración, y regresas al huerto, pero te llevas otra

 

herida en el corazón. En esa herida veo, oh amor mío, todas

 

las heridas de las almas consagradas a Ti, que, o por

 

tentaciones, o por estado de ánimo, o por falta de mortificación,

 

en vez de estrecharse a Ti, de vigilar y orar, se abandonan a sí

 

mismas, y soñolientas, en vez de progresar en el amor y en la

 

unión contigo, retroceden. Cuánto te compadezco, oh amante

 

apasionado, y te reparo todas las ingratitudes de tus más

 

fieles. Son éstas las ofensas que más entristecen tu corazón

 

adorable, y es tal y tanta su amargura, que te hacen dar en

 

delirio.

 

Pero, oh amor sin confines, tu amor que ya bulle en tus

 

venas vence todo y todo olvida. Te veo postrado por tierra y

 

oras, te ofreces, reparas y en todo buscas glorificar al Padre

 

por las ofensas hechas a Él por las criaturas. También yo, oh

 

mi Jesús, me postro contigo y junto contigo intento hacer lo que

 

haces Tú.

 

Pero, oh Jesús, delicia de mi corazón, veo que en tropel

 

todos los pecados, nuestras miserias, nuestras debilidades, los

 

delitos más enormes, las más negras ingratitudes te vienen al

 

encuentro, se te arrojan encima, te aplastan, te atacan, te

 

hieren, y Tú, ¿qué haces?

 

La sangre que te hierve en las venas hace frente a todas

 

estas ofensas, rompe las venas y como ríos sale fuera, te baña

 

todo, corre por tierra, y das sangre por ofensas, vida por

 

muerte. ¡Ah amor, a qué estado te veo reducido! Tú expiras.

 

Oh mi bien, dulce vida mía, no te mueras, levanta la cara de

 

esta tierra que has bañado con tu santísima sangre, ven a mis

 

brazos, haz que yo muera en vez de Ti. Pero oigo la voz

 

trémula y moribunda de mi dulce Jesús que dice:

 

«¡Padre, si es posible pase de Mí este cáliz, pero no se haga

 

mi voluntad sino la tuya»” (Lc 22,42)

 

Ya es la segunda vez que oigo esto de mi dulce Jesús,

 

¿pero qué cosa me hace entender con este: «Padre, si es

 

posible pase de Mí este cáliz»

 

Oh Jesús, se te hacen presentes todas las rebeliones de las

 

criaturas; aquel «Fiat Voluntas Tua» que debía ser la vida de

 

cada criatura, lo ves rechazado por casi todas, y en vez de

 

encontrar la vida encuentran la muerte; y Tú queriendo dar la

 

vida a todas y hacer una solemne reparación al Padre por las

 

rebeliones de las criaturas, por tres veces repites:

 

«Padre, si es posible pase de Mí este cáliz», es decir, que

 

las almas sustrayéndose de nuestra Voluntad se pierdan; este

 

cáliz para Mí es muy amargo, pero no se haga mi voluntad,

 

sino la tuya.

 

Pero mientras dices esto, es tal y tanta tu amargura que

 

desfalleces, agonizas y estás a punto de dar el último respiro.

 

Oh mi Jesús, mi bien, ya que estás entre mis brazos quiero

 

también yo junto contigo, repararte y compadecerte por todos

 

los pecados que se cometen contra tu santísimo Querer, y al

 

mismo tiempo suplicarte que en todo yo haga siempre tu

 

santísima Voluntad. Tu Voluntad sea mi respiro, mi aire; tu

 

Voluntad sea mi latido, mi corazón, mi pensamiento, mi vida y

 

mi muerte.

 

Pero, ah, no mueras, ¿adónde iré sin Ti? ¿A quién me

 

dirigiré? ¿Quién me dará ayuda? ¡Todo terminará para mí! Ah,

 

no me dejes, tenme como quieras, como más te plazca, pero

 

tenme contigo, siempre contigo; jamás sea que por un solo

 

instante quede separada de Ti. Déjame endulzarte, repararte y

 

compadecerte por todos, porque veo que todos los pecados,

 

de cualquier especie que sean, pesan sobre Ti.

 

Por eso, amor mío, beso tu santísima cabeza, pero, ¿qué

 

veo? Veo todos los malos pensamientos, y Tú sientes horror de

 

ellos. A tu santísima cabeza cada pensamiento malo le es una

 

 

 

espina que te hiere acerbamente. Ah, ante esto es nada la

 

corona de espinas que te pondrán los judíos; cuántas coronas

 

de espinas te ponen sobre tu cabeza adorable los malos

 

pensamientos de las criaturas, tantas, que la sangre te chorrea

 

por todas partes, por la frente, de entre los cabellos. Jesús, te

 

compadezco y quisiera ponerte otras tantas coronas de gloria,

 

y para endulzarte te ofrezco todas las inteligencias angélicas y

 

tu misma inteligencia, para ofrecerte una compasión y una

 

reparación por todos.

 

Oh Jesús, beso tus ojos piadosos y en ellos veo todas las

 

malas miradas de las criaturas, que hacen correr sobre tu

 

rostro lágrimas de sangre. Te compadezco y quisiera endulzar

 

tu vista poniéndote delante todos los placeres que se puedan

 

encontrar en el Cielo y en la tierra.

 

Jesús, mi bien, beso tus santísimos oídos. ¿Pero qué

 

escucho? Oigo en ellos el eco de las horrendas blasfemias, los

 

gritos de venganza y de maledicencia; no hay voz que no

 

resuene en tus castísimos oídos. Oh amor insaciable, te

 

compadezco y quiero consolarte haciendo resonar en ellos

 

todas las armonías del Cielo, la voz dulcísima de la amada

 

Mamá, los encendidos acentos de la Magdalena y de todas las

 

almas amantes.

 

Jesús, vida mía, un beso más ardiente quiero poner en tu

 

rostro, cuya belleza no tiene par. Ah, éste es el rostro ante el

 

cual los ángeles ávidamente desean grabárselo, por la tanta

 

belleza que los rapta, no obstante, las criaturas lo ensucian con

 

salivazos, lo golpean con bofetadas y lo pisotean bajo los pies.

 

¡Amor mío, qué osadía! ¡Quisiera gritar tanto, para ponerlos en

 

fuga!

 

 

 

Te compadezco, y para reparar todos estos insultos me dirijo

 

a la Trinidad Sacrosanta para pedir el beso del Padre y del

 

Espíritu Santo, las inimitables caricias de sus manos

 

creadoras, me dirijo también a la Celestial Mamá, a fin de que

 

me dé sus besos, las caricias de sus manos maternas, sus

 

adoraciones profundas, me dirijo después a todas las almas

 

consagradas a Ti y todo te ofrezco para repararte por las

 

ofensas hechas a tu santísimo rostro.

 

Dulce bien mío, beso tu dulcísima boca, amargada por las

 

horribles blasfemias, por la náusea de las embriagueces y

 

gulas, por las conversaciones obscenas, por las oraciones mal

 

hechas, por las malas enseñanzas, por todo lo que de mal

 

hace el hombre con la lengua. Jesús, te compadezco y quiero

 

endulzar tu boca ofreciéndote todas las alabanzas angélicas y

 

el buen uso que hacen tantos santos cristianos de la lengua.

 

 

 

Oprimido amor mío, beso tu cuello y lo veo cargado de

 

sogas y cadenas por los apegos y los pecados de las criaturas.

 

Te compadezco y para aliviarte te ofrezco la unión indisoluble

 

de las divinas Personas y yo, fundiéndome en esta unión te

 

extiendo mis brazos, y formando en torno a tu cuello una dulce

 

cadena de amor, quiero alejar de ti las cuerdas de los apegos

 

que casi te sofocan, y para endulzarte te estrecho fuerte a mi

 

corazón.

 

Fortaleza divina, beso tus santísimos hombros. Los veo

 

lacerados y tus carnes casi arrancadas a pedazos por los

 

escándalos y los malos ejemplos de las criaturas. Te

 

compadezco y para aliviarte te ofrezco tus santísimos

 

ejemplos, los ejemplos de la Reina Mamá y los de todos los

 

santos; y yo, oh mi Jesús, haciendo correr mis besos sobre

 

cada una de estas llagas quiero encerrar en ellas a las almas

 

que por vía de escándalo te han sido arrancadas del corazón, y

 

quiero así sanar las carnes de tu santísima Humanidad.

 

Mi atormentado Jesús, beso tu pecho que veo herido por las

 

frialdades, tibiezas, falta de correspondencia e ingratitudes de

 

las criaturas. Te compadezco, y para endulzarte te ofrezco el

 

recíproco amor del Padre, de Ti y del Espíritu Santo, la

 

correspondencia perfecta de las tres divinas Personas, y yo, oh

 

mi Jesús, sumergiéndome en tu amor quiero hacerte un refugio

 

para poder rechazar los nuevos golpes que las criaturas te

 

lanzan con sus pecados, y tomando tu amor quiero con él

 

herirlas para que ya no se atrevan a ofenderte más, y quiero

 

derramarlo en tu pecho para endulzarte y sanarte.

 

Mi Jesús, beso tus manos creadoras, veo todas las malas

 

acciones de las criaturas que como otros tantos clavos

 

traspasan tus santísimas manos, así que no con tres clavos,

 

como sobre la cruz, Tú quedas traspasado, sino con tantos

 

clavos por cuantas obras malas cometen las criaturas. Te

 

compadezco, y para endulzarte te ofrezco todas las obras

 

santas, el valor de los mártires al dar su sangre y su vida por tu

 

amor; quisiera, en suma, oh Jesús mío, ofrecerte todas las

 

obras buenas para quitarte los tantos clavos de las obras

 

malas.

 

Oh Jesús, beso tus pies santísimos, siempre incansables en

 

la búsqueda de almas; en ellos encierras todos los pasos de

 

las criaturas, pero muchas de ellas sientes que te huyen y Tú

 

quisieras aferrarlas. Por cada mal paso te sientes clavar un

 

clavo, y Tú quieres servirte de esos mismos clavos para

 

clavarlas a tu amor; y tal y tanto es el dolor que sientes y el

 

esfuerzo que haces por clavarlas a tu amor, que te estremeces

 

todo. Mi Dios y mi bien, te compadezco, y para consolarte te

 

ofrezco los pasos de todas las almas fieles que exponen su

 

vida para salvar almas.

 

Oh Jesús, beso tu corazón. Tú continúas agonizando, no por

 

lo que te harán sufrir los judíos, sino por el dolor que te causan

 

todas las ofensas de las criaturas.

 

En estas horas Tú quieres dar el primado al amor, el

 

segundo lugar a todos los pecados, por los cuales Tú expías,

 

reparas, glorificas al Padre y aplacas a la divina Justicia; y el

 

tercer lugar a los judíos. Con esto muestras que la Pasión que

 

te harán sufrir los judíos no será otra cosa que la

 

representación de la doble amarguísima Pasión que te hacen

 

sufrir el amor y el pecado, y es por esto que yo veo en tu

 

corazón todo concentrado: la lanza del amor, la lanza del

 

pecado, y esperas la tercera lanza, la lanza de los judíos, y tu

 

corazón sofocado por el amor sufre contracciones violentas,

 

sentimientos impacientes de amor, deseos que te consumen y

 

latidos de fuego que quisieran dar vida a cada corazón.

 

Y es propiamente aquí, en el corazón, donde sientes todo el

 

dolor que te causan las criaturas, las cuales con sus malos

 

deseos, con sus desordenados afectos, con sus latidos

 

profanados, en vez de querer tu amor buscan otros amores.

 

¡Jesús, cuánto sufres! Te veo desfallecer sumergido por las

 

olas de nuestras iniquidades; te compadezco y quiero endulzar

 

la amargura de tu corazón triplemente traspasado, ofreciéndote

 

las dulzuras eternas y el amor dulcísimo de la amada Mamá

 

María y el de todos tus verdaderos amantes.

 

Y ahora, oh mi Jesús, haz que de tu corazón tome vida mi

 

pobre corazón, a fin de que no viva más que con tu solo

 

corazón, y en cada ofensa que recibas haz que yo esté

 

siempre pronta a ofrecerte un alivio, un consuelo, una

 

reparación, un acto de amor jamás interrumpido.

 

+ + +

 

Reflexiones de la Sexta Hora (10 PM)

 

14-46

 

Julio 28, 1922

 

Me sentía toda inmersa en su Santísimo Querer, y mi dulce

 

Jesús al venir me ha dicho:

 

“Hija mía, funde tu inteligencia con la mía, a fin de que

 

circule en todas las inteligencias de las criaturas, y reciba el

 

vínculo de cada uno de los pensamientos de ellas para

 

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sustituirlos con tantos otros pensamientos hechos en mi

 

Querer, y Yo reciba la gloria como si todos los pensamientos

 

fuesen hechos en modo divino. Ensancha tu querer en el mío,

 

ninguna cosa debe escapar que no quede atrapada en la red

 

de la tuya y mía Voluntad; mi Querer en Mí y mi Querer en ti

 

deben confundirse juntos y tener los mismos confines

 

interminables, pero tengo necesidad de que tu querer se preste

 

a extenderse en el mío y no se le escape ninguna cosa creada

 

por Mí, a fin de que en todas las cosas escuche el eco de la

 

Voluntad Divina en la voluntad humana, a fin de que ahí genere

 

mi semejanza. Mira hija mía, Yo sufrí doble muerte por cada

 

una de las criaturas, una de amor y la otra de pena, porque al

 

crearla la creé un complejo todo de amor, por lo cual no debía

 

salir de ella otra cosa que amor, tanto que mi amor y el suyo

 

debían estar en continuas corrientes, pero el hombre no sólo

 

no me amó, sino que ingrato me ofendió, y Yo debía rehacer a

 

mi Divino Padre de esta falta de amor, y debí aceptar una

 

muerte de amor por cada uno, y otra de dolor por las ofensas”.

 

Pero mientras esto decía, veía a mi dulce Jesús todo una

 

llama, que lo consumía y le daba muerte por cada uno, es más,

 

veía que cada pensamiento, palabra, movimiento, obra, paso,

 

etc., eran tantas llamas que consumían a Jesús y lo vivificaban.

 

Entonces Jesús ha agregado: “¿No quisieras tú mi

 

semejanza? ¿No quisieras tú aceptar las muertes de amor

 

como aceptaste las muertes de dolor?”

 

Y yo: “¡Ah! mi Jesús, yo no sé qué me haya sucedido, siento

 

aún gran repugnancia por haber aceptado las de dolor, ¿cómo

 

podría aceptar las de amor que me parecen más duras? Yo

 

tiemblo al sólo pensarlo, mi pobre naturaleza se aniquila más,

 

se deshace. Ayúdame, dame la fuerza porque siento que no

 

puedo seguir adelante”.

 

Y Jesús todo bondad y decidido ha agregado: “Pobre hija

 

mía, ánimo, no temas ni quieras turbarte por la repugnancia

 

que sientes; es más, para tranquilizarte te digo que también

 

ésta es una semejanza mía. Debes saber que también mi

 

Humanidad, por cuan santa, deseosa a lo sumo de sufrir,

 

sentía esta repugnancia, pero no era mía, eran todas las

 

repugnancias de las criaturas que sentían en hacer el bien, en

 

aceptar las penas que merecían, y Yo debía sufrir estas penas

 

que me torturaban no poco, para dar a ellas la inclinación al

 

bien y hacerles más dulces las penas, tanto, que en el huerto

 

grité al Padre: ‘Si es posible pase de Mí este cáliz”. ¿Crees tú

 

que fui Yo? ¡Ah no! Te engañas, Yo amaba el sufrir hasta la

 

locura, amaba la muerte para dar vida a mis hijos, era el grito

 

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de toda la familia humana que resonaba en mi Humanidad, y

 

Yo, gritando junto con ellos para darles fuerzas repetí tres

 

veces: ‘Si es posible pase de Mí este cáliz’. Yo hablaba a

 

nombre de todos, como si fueran cosa mía, pero me sentía

 

aplastar; así que la repugnancia que sientes no es tuya, es el

 

eco de la mía, si fuera tuya me habría retirado, por eso hija

 

mía, queriendo generar de Mí otra imagen mía, quiero que

 

aceptes, y Yo mismo quiero imprimir en tu voluntad

 

ensanchada y consumida en la mía estas mis muertes de

 

amor”.

 

Y mientras esto decía, con su santa mano me las imprimía, y

 

ha desaparecido. Sea todo para gloria de Dios.

 

+ + +

 

16-39

 

Enero 4, 1924

 

Estaba pensando en las palabras de Jesús en el huerto

 

cuando dijo: “Padre, si es posible pase de Mí este cáliz, pero,

 

non mea voluntas, sed Tua Fiat”. Y mi dulce Jesús moviéndose

 

en mi interior me ha dicho:

 

“Hija mía, ¿crees tú que fue el cáliz de mi Pasión por el cual

 

decía al Padre: Padre, si es posible pase de Mí este cáliz? No,

 

absolutamente no, era el cáliz de la voluntad humana que

 

contenía tal amargura y plenitud de vicios, que mi voluntad

 

humana unida a la Divina sintió tal repugnancia, terror y

 

espanto, que grité: ‘Padre, si es posible pase de Mí este cáliz’.

 

Cómo es fea la voluntad humana sin la Voluntad Divina, la cual

 

casi como dentro de un cáliz se encierra dentro de cada

 

criatura; no hay mal en las generaciones del cual ella no sea el

 

origen, la semilla, la fuente, y Yo, viéndome cubierto por todos

 

estos males que ha producido la voluntad humana, frente a la

 

santidad de la mía me sentía morir, y habría muerto de verdad

 

si la Divinidad no me hubiera sostenido. ¿Pero sabes tú por

 

qué agregué, y por tres veces: ‘Non mea voluntas, sed Tua

 

Fiat?’ Yo sentía sobre de Mí todas las voluntades de las

 

criaturas juntas, todos sus males, y a nombre de todas grité al

 

Padre: ‘No se haga más la voluntad humana en la tierra, sino la

 

Divina; la voluntad humana sea desterrada y la Tuya reine’. Así

 

que desde entonces, y lo quise hacer desde el principio de mi

 

Pasión, porque era la cosa que más me interesaba y la más

 

importante, la de llamar a la tierra el Fiat Voluntas Tua como en

 

el Cielo así en la tierra. Yo era el que a nombre de todos

 

decía: ‘Non mea voluntas, sed Tua Fiat’. Desde entonces Yo

 

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constituía la época del Fiat Voluntas Tua sobre la tierra; y con

 

decirlo por tres veces, en la primera la impetraba, en la

 

segunda la hacía descender, en la tercera la constituía reinante

 

y dominadora; y con decir: ‘Non mea voluntas, sed Tua Fiat’,

 

Yo intentaba vaciar a las criaturas de su voluntad y llenarlas de

 

la Divina.

 

Antes de morir, porque no me quedaban más que horas, Yo

 

quise contratar con mi Padre Celestial mi primera finalidad por

 

la cual vine a la tierra, que la Divina Voluntad tomara su primer

 

lugar de honor en la criatura. El sustraerse de la Voluntad

 

Suprema había sido el primer acto del hombre, y por lo tanto

 

nuestra primera ofensa, todos sus demás males entran en el

 

orden secundario, y Yo debí primero realizar la finalidad del

 

Fiat Voluntas Tua come in Cielo così in terra, y después formar

 

con mis penas la Redención, porque la misma Redención entra

 

en el orden secundario; es siempre mi Voluntad la que tiene el

 

primado sobre todas las cosas, y si bien de los frutos de la

 

Redención se vieron los efectos, pero fue en virtud de este

 

contrato que Yo hice con mi Padre Divino, el que su Fiat debía

 

venir a reinar sobre la tierra, realizando la verdadera finalidad

 

de la creación del hombre y mi finalidad primaria por la cual

 

vine a la tierra, que el hombre pudo recibir los frutos de la

 

Redención, de otra manera habría faltado el orden a mi

 

sabiduría; si el principio del mal fue su voluntad, a ésta debía

 

Yo ordenar y restablecer, reunir Voluntad Divina y humana, y si

 

bien se vieron primero los frutos de la Redención, esto dice

 

nada; mi Voluntad es como un rey, que si bien es el primero

 

entre todos, llega al último, precediéndolo por su honor y

 

decoro sus pueblos, ejércitos, ministros, príncipes y toda la

 

corte real. Así que primero eran necesarios los frutos de mi

 

Redención para hacer encontrar la corte real, los pueblos, los

 

ejércitos, los ministros, a la altura de la Majestad de mi

 

Voluntad.

 

¿Pero sabes tú quién fue la primera en gritar junto Conmigo:

 

‘Non mea voluntas, sed Tua Fiat’? Fue mi pequeña recién

 

nacida en mi Voluntad, mi pequeña hija, que tuvo tal

 

repugnancia, tal espanto de su voluntad, que temblorosa se

 

estrechó a Mí y gritó junto Conmigo: ‘Padre, si es posible pase

 

de mí este cáliz de mi voluntad’, y llorando agregaste junto

 

Conmigo: ‘Non mea voluntas, sed Tua Fiat’. ¡Ah! sí, estuviste

 

tú junto Conmigo en aquel primer contrato con mi Padre

 

Celestial, porque se necesitaba al menos una criatura que

 

debía hacer válido este contrato, de otra manera, ¿a quién

 

darlo? ¿A quién confiarlo? Y para volver más segura la

 

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custodia del contrato, te hice don de todos los frutos de mi

 

Pasión, formándolos a tu alrededor como un ejército

 

formidable, que mientras hace su cortejo real a mi Voluntad,

 

hace guerra encarnizada a la tuya, por eso, ánimo en el estado

 

en el que te encuentras, quita el pensamiento de que Yo pueda

 

dejarte, esto sería en menoscabo de mi Querer, siendo que

 

tengo el contrato de mi Voluntad depositado en ti. Por eso

 

estate en paz, es mi Voluntad que te prueba, que quiere no

 

sólo purificarte sino destruir aun la sombra de tu voluntad, por

 

eso con toda paz sigue el vuelo en mi Querer, no te preocupes

 

por nada, tu Jesús hará de manera que todo lo que pueda

 

suceder dentro y fuera de ti, hará resaltar mayormente mi

 

Voluntad, y ensanchará en ti los confines de la mía en tu

 

voluntad humana; soy Yo quien llevará la batuta en tu interior,

 

para dirigir todo en ti según mi Querer. Yo no me ocupé de otra

 

cosa sino sólo de la Voluntad de mi Padre, y como todas las

 

cosas están en Ella, por eso me ocupé de todo; y si enseñé

 

alguna oración, no fue otra sino que la Divina Voluntad se haga

 

como en el Cielo así en la tierra, pero era la oración que

 

encierra todo. Así que Yo no giraba sino sólo en torno a la

 

Voluntad Suprema, mis palabras, mis penas, mis obras, mis

 

latidos estaban llenos de Voluntad Celestial. Así quiero que

 

hagas tú, debes girar tanto en torno a Ella, hasta hacerte

 

quemar por el aliento eterno del fuego de mi Voluntad, de

 

manera que pierdas cualquier otro conocimiento, y no sepas

 

otra cosa, sino sólo y siempre mi Querer”.

 

+ + +

 

20-26

 

Noviembre 19, 1926

 

Mi siempre amable Jesús, atrayéndome en su adorable

 

Voluntad, me hacía ver y sentir las condiciones dolorosas en

 

las cuales la ponen las ingratitudes de las criaturas, y

 

suspirando de dolor me ha dicho:

 

“Hija mía, las penas de mi Voluntad Divina son inenarrables

 

e inconcebibles a la naturaleza humana. Ella está en todas

 

las criaturas, pero está bajo la opresión de una tremenda y

 

desgarradora agonía, porque en vez de darle el dominio

 

para hacerla desarrollar su vida en ellas, la tienen reprimida

 

sin darle libertad de obrar, de respirar, de latir. Así que la

 

voluntad humana obra, respira libremente, late como quiere,

 

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y la mía está sólo para servirla, para contribuir a sus actos y

 

estar dentro de esos actos agonizante, sofocada bajo el

 

estertor de una agonía de largos siglos. Mi Voluntad se

 

agita en la criatura bajo la opresión de una agonía

 

desgarradora, y su agitarse son los remordimientos de

 

conciencia, las desilusiones, los reveses, las cruces, el

 

cansancio de la vida y todo lo que puede dar molestia a las

 

pobres criaturas, porque es justo que teniendo ellas a una

 

Voluntad Divina en la cruz y siempre bajo el estertor de la

 

agonía, Ella con su agitarse las llame, no pudiendo hacer

 

diversamente porque no tiene dominio, quién sabe si

 

entrando en ellas mismas, al ver la infelicidad que les da su

 

mala voluntad, puedan darle un poco de respiro y de tregua

 

a su dolorosa agonía. Es tan dolorosa esta agonía de mi

 

Voluntad, que mi Humanidad, que la quiso sufrir en el huerto

 

de Getsemaní, llegó a buscar ayuda de mis mismos

 

apóstoles, la que no obtuvo, y fue tanto el espasmo que

 

sudé sangre viva y sintiéndome sucumbir bajo el peso

 

enorme de una agonía tan larga y tremenda de mi Voluntad

 

Divina, invoqué a mi Padre Celestial que me ayudara

 

diciéndole: ‘Padre, si es posible pase de mí este cáliz’. En

 

todas las otras penas de mi Pasión, por cuán atroces, no

 

dije nunca: ‘Si es posible pase esta pena’; más bien sobre la

 

cruz grité ‘sitio’, tengo sed de penas. En cambio, en esta

 

pena de la agonía de la Voluntad Suprema sentí todo el

 

peso de una agonía tan larga, todo el desgarro de una

 

Voluntad Divina que agoniza, que se agita en las

 

generaciones humanas. ¡Qué dolor! No hay dolor que

 

pueda igualarlo. Ahora el Fiat Supremo quiere salir, está

 

cansado y a cualquier costo quiere salir de esta agonía tan

 

prolongada, y si tú oyes de flagelos, de ciudades

 

derrumbadas, destrucciones, no son otra cosa que las

 

fuertes sacudidas de su agonía, porque no pudiendo más,

 

quiere hacer sentir a la familia humana su estado doloroso y

 

cuán fuertemente se agita en ellas sin que ninguno le tenga

 

compasión, y haciendo violencia, con su agitación quiere

 

hacer sentir que existe en ellas, pero que no quiere estar

 

más en agonía, quiere la libertad, el dominio, quiere

 

desarrollar su Vida en ellas. ¡Qué desorden hija mía en la

 

sociedad porque no reina mi Voluntad! Sus almas son como

 

habitaciones sin orden, todo de cabeza, la peste es tan

 

horrible, más que cadáver putrefacto, y mi Voluntad con su

 

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inmensidad que no le es dado retirarse ni siquiera de un

 

latido de criatura, agoniza en medio a tantos males, y esto

 

es en el orden general de todos; en el orden particular hay

 

más aún, en los religiosos, en los clérigos, en quien se dice

 

católico, mi Voluntad no sólo agoniza, sino que la tienen en

 

estado de letargo, como si no tuviera vida. ¡Oh! cómo es

 

más duro, porque en la agonía al menos me agito, tengo un

 

desahogo, hago sentir que existo en ellos, aunque

 

agonizante, pero en el estado de letargo está la total

 

inmovilidad, el estado de muerte continuado y por eso se

 

ven sólo las apariencias, los vestidos de vida religiosa,

 

porque a mi Voluntad la tienen en letargo, y como la tienen

 

en letargo su interior está adormecido, como si la luz, el bien

 

no fuera para ellos y si alguna cosa hacen al exterior, está

 

vacía de Vida Divina y se resuelve en humo de vanagloria,

 

de estima propia y de agradar a las otras criaturas, y mi

 

Supremo Querer mientras está dentro queda fuera de su

 

obrar. Hija mía, qué afrenta, cómo quisiera hacer sentir a

 

todos mi tremenda agonía, el estertor continuado, el letargo

 

en el cual ponen a mi Voluntad, la causa es porque quieren

 

hacer su voluntad, no la mía, no la quieren hacer reinar, no

 

la quieren conocer, y por eso quiere romper los diques con

 

sus sacudidas, a fin de que si no la quieren conocer y recibir

 

por vía de amor, la conozcan por vía de justicia. Así que mi

 

Voluntad cansada de esta agonía de siglos quiere salir, y

 

por eso prepara dos modos: El modo triunfante, que son

 

sus conocimientos, sus prodigios y todo el bien que llevará

 

el Reino del Fiat Supremo, y el modo de justicia para quien

 

no la quiere conocer triunfante, por tanto estará en las

 

criaturas escoger el modo como la quieran recibir”.

 

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