ANTES Y DESPUES DE LA MEDITACION
Tercera hora de agonía en la cruz. Quinta, sexta y séptima
palabra sobre la cruz. Muerte de Jesús
Gracias te doy, oh Jesús, por llamarme a la unión contigo
por medio de la oración, y tomando tus pensamientos, tu
lengua, tu corazón y fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu
amor, extiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi
cabeza sobre tu corazón empiezo:
Mi crucificado moribundo, abrazada a tu cruz siento el fuego
que quema toda tu santísima persona; el corazón te late tan
fuerte, que levantándote las costillas te atormenta en modo tan
desgarrador y horrible, que toda tu santísima Humanidad sufre
una transformación que te hace irreconocible.
El amor que incendia tu corazón te seca y te quema, y Tú no
pudiendo contenerlo, sientes fuertemente el tormento, no sólo
de la sed corporal por el derramamiento de toda tu sangre, sino
mucho más por la sed ardiente de la salud de nuestras almas.
Tú, como agua quisieras bebernos para ponernos a todos a
salvo dentro de Ti, por eso, reuniendo tus debilitadas fuerzas
gritas:
«¡Tengo sed!» (Jn 19, 28)
¡Ah! esta palabra la repites a cada corazón:
«Tengo sed de tu voluntad, de tus afectos, de tus deseos, de
tu amor; agua más fresca y dulce no puedes darme, que tu
alma. ¡Ah! no me dejes quemar, tengo sed ardiente, por lo cual
no sólo me siento quemar la lengua y la garganta, tanto que no
puedo más articular palabra, sino que me siento también secar
el corazón y las entrañas. ¡Piedad de mi sed, piedad!»
Y como delirante por la gran sed te abandonas a la Voluntad
del Padre. Ah, mi corazón no puede vivir más al ver la
impiedad de tus enemigos, que en lugar de agua te dan hiel y
vinagre, y Tú no los rechazas. Ah, comprendo, es la hiel de
tantas culpas, es el vinagre de nuestras pasiones no domadas
que quieren darte, y que en lugar de confortarte te queman de
más.
Oh mi Jesús, he aquí mi corazón, mis pensamientos, mis
afectos, he aquí todo mi ser a fin de que Tú calmes tu sed y
des un alivio a tu boca seca y amargada. Todo lo que tengo,
todo lo que soy, todo es para Ti, oh mi Jesús. Si fueran
necesarias mis penas para poder salvar aun una sola alma,
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aquí me tienes, estoy dispuesta a sufrirlo todo. A Ti yo me
ofrezco enteramente, haz de mí lo que mejor te plazca.
Quiero reparar el dolor que Tú sufres por todas las almas
que se pierden y la pena que te dan aquellas, a las cuales,
mientras Tú permites que tengan tristezas, abandonos, ellas en
vez de ofrecértelos a Ti como alivio de la sed ardiente que te
devora, se abandonan a sí mismas y así te hacen penar más.
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Sexta Palabra
Moribundo bien mío, el mar interminable de tus penas, el
fuego que te consume, y más que todo el Querer Supremo del
Padre que quiere que Tú mueras, no nos permiten esperar que
puedas continuar viviendo. Y yo, ¿cómo podré vivir sin Ti? Ya
te faltan las fuerzas, tus ojos se velan, tu rostro se transforma y
se cubre de una palidez mortal, la boca está entreabierta, el
respiro afanoso e intermitente, tanto, que ya no hay esperanza
de que te puedas reanimar.
Al fuego que te quema lo sustituye un hielo y un sudor frío
que te baña la frente, los músculos, y los nervios se contraen
siempre más por la acerbidad de los dolores y por las
perforaciones de los clavos; las llagas se abren más y yo
tiemblo, me siento morir. Te miro, oh mi bien, y veo descender
de tus ojos las últimas lágrimas, mensajeras de la cercana
muerte, mientras que fatigosamente haces oír aún otra palabra:
«¡Todo está consumado!» (Jn 19, 30)
Oh mi Jesús, ya lo has agotado todo, ya no te queda nada
más, el amor ha llegado a su término. Y yo, ¿me he consumido
toda por tu amor? ¿Qué agradecimiento no deberé yo darte,
cuál no tendrá que ser mi gratitud hacia Ti? Oh mi Jesús,
quiero reparar por todos, reparar por las faltas de
correspondencia a tu amor, y consolarte por las afrentas que
recibes de las criaturas mientras te estás consumiendo de
amor sobre la cruz.
Séptima Palabra
Mi crucificado agonizante, Jesús, ya estás a punto de dar el
último respiro de tu vida mortal, tu santísima Humanidad está
ya rígida, el corazón parece que no te late más. Con la
Magdalena me abrazo a tus pies y quisiera, si fuera posible,
dar mi vida para reanimar la tuya.
Entre tanto, oh Jesús, veo que reabres tus ojos moribundos
y miras en torno a la cruz, como si quisieras dar el último adiós
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a todos, miras a tu agonizante Mamá que no tiene más
movimiento ni voz, tantas son las penas que sufre, y con tu
mirada le dices:
«Adiós Mamá, Yo me voy, pero te tendré en mi corazón. Tú
ten cuidado de los hijos míos y tuyos».
Miras a la llorosa Magdalena, al fiel Juan; y a tus mismos
enemigos y con tu mirada les dices:
«Yo los perdono y les doy el beso de paz».
Nada escapa a tu mirada, de todos te despides y a todos
perdonas. Después reuniendo todas tus fuerzas y con voz
fuerte y sonora gritas:
«¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!» (Lc 23, 46)
La muerte de Jesús
E inclinando la cabeza expiras.
Mi Jesús, a este grito toda la naturaleza se trastorna y llora
tu muerte, la muerte de su Creador. La tierra tiembla
fuertemente y con su temblor parece que llore y quiera sacudir
las almas de todos para que te reconozcan como el verdadero
Dios. El velo del templo se rasga, los muertos resucitan, el sol
que hasta ahora ha llorado tus penas, retira horrorizado su luz.
Tus enemigos a este grito se arrodillan, se golpean el pecho y
dicen:
«Verdaderamente éste es el Hijo de Dios». (Mc 15, 39)
Y tu Madre, petrificada y moribunda, sufre penas más duras
que la muerte.
Muerto Jesús mío, con este grito Tú nos pones también a
todos nosotros en las manos del Padre, para que no se nos
rechace; por eso gritas fuerte, no sólo con la voz, sino con
todas tus penas y con las voces de tu sangre:
«¡Padre, en tus manos pongo mi espíritu y a todas las
almas!»
Mi Jesús, también yo me abandono en Ti, y dame la gracia
de morir toda en tu amor, en tu Querer, rogándote que no
permitas jamás, ni en la vida ni en la muerte, que yo salga de
tu santísima Voluntad. Quiero reparar por todos aquellos que
no se abandonan perfectamente a tu santísima Voluntad,
perdiendo así, o reduciendo el precioso fruto de tu Redención.
¿Cuál no será el dolor de tu corazón, oh mi Jesús, al ver tantas
criaturas que huyen de tus brazos y se abandonan a sí
mismas?
Piedad por todos, oh mi Jesús, piedad por mí. Beso tu
cabeza coronada de espinas y te pido perdón por tantos
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pensamientos míos de soberbia, de ambición y de propia
estima, y te prometo que cada vez que me venga un
pensamiento que no sea todo para Ti, oh Jesús, y me
encuentre en las ocasiones de ofenderte, gritaré
inmediatamente: «¡Jesús y María, os encomiendo el alma
mía!»
Oh Jesús, beso tus hermosos ojos bañados aún por las
lágrimas y cubiertos por sangre coagulada, y te pido perdón
por cuantas veces te ofendí con miradas malas e inmodestas;
te prometo que cada vez que mis ojos se sientan impulsados a
mirar cosas de la tierra, gritaré inmediatamente: «¡Jesús y
María, os encomiendo el alma mía!»
Oh Jesús mío, beso tus sacratísimos oídos, aturdidos hasta
los últimos momentos por insultos y horribles blasfemias. Y te
pido perdón por cuantas veces he escuchado y he hecho
escuchar conversaciones que nos alejan de Ti, y por tantas
conversaciones malas que hacen las criaturas, y te prometo
que cada vez que me encuentre en la ocasión de oír aquello
que no conviene, gritaré inmediatamente: «¡Jesús y María, os
encomiendo el alma mía!»
Oh Jesús mío, beso tu santísimo rostro, pálido, lívido,
ensangrentado, y te pido perdón por tantos desprecios, insultos
y afrentas que recibes de nosotros, vilísimas criaturas, por
nuestros pecados. Yo te prometo que cada vez que me venga
la tentación de no darte toda la gloria, el amor y la adoración
que se te deben, gritaré inmediatamente: «¡Jesús y María, os
encomiendo el alma mía!»
Oh Jesús mío, beso tu santísima boca, ardida y amargada.
Te pido perdón por cuantas veces te he ofendido con mis
malas conversaciones, por cuantas veces he concurrido a
amargarte y a acrecentar tu sed; te prometo que cada vez que
me venga el pensamiento de decir cosas que podrían
ofenderte, gritaré inmediatamente: «¡Jesús y María, os
encomiendo el alma mía!»
Oh Jesús mío, beso tu cuello santísimo y veo aún las marcas
de las cadenas y de las cuerdas que te han oprimido, te pido
perdón por tantas ataduras y por tantos apegos de las
criaturas, que han añadido sogas y cadenas a tu santísimo
cuello. Te prometo que cada vez que me sienta turbado por
apegos, deseos y afectos que no sean para Ti, gritaré
inmediatamente: «¡Jesús y María, os encomiendo el alma
mía!»
Jesús mío, beso tus santísimos hombros y te pido perdón
por tantas ilícitas satisfacciones, perdón por tantos pecados cometidos con los cinco sentidos de nuestro cuerpo; te
prometo que cada vez que me venga el pensamiento de
tomarme algún placer o satisfacción que no sea para tu gloria,
gritaré inmediatamente: «¡Jesús y María, os encomiendo el
alma mía!»
Jesús mío, beso tu santísimo pecho y te pido perdón por
tantas frialdades, indiferencias, tibiezas e ingratitudes
horrendas que recibes de las criaturas, y te prometo que cada
vez que me sienta enfriar en tu amor, gritaré inmediatamente:
«¡Jesús y María, os encomiendo el alma mía!»
Jesús mío, beso tus sacratísimas manos; te pido perdón por
todas las obras malas e indiferentes, por tantos actos
envenenados por el amor propio y por la propia estima; te
prometo que cada vez que me venga el pensamiento de no
obrar solamente por tu amor, gritaré inmediatamente: «¡Jesús y
María, os encomiendo el alma mía!»
Oh Jesús mío, beso tus santísimos pies y te pido perdón por
tantos pasos, por tantos caminos recorridos sin recta intención,
por tantos que se alejan de Ti para ir en busca de los placeres
de la tierra. Te prometo que cada vez que me venga el
pensamiento de apartarme de Ti, gritaré inmediatamente:
«¡Jesús y María, os encomiendo el alma mía!»
Oh Jesús mío, beso tu sacratísimo corazón y quiero encerrar
en él, junto con mi alma, a todas las almas redimidas por Ti,
para que todas sean salvas, sin excluir ninguna. Oh Jesús,
enciérrame en tu corazón y cierra las puertas de él, de modo
que yo no pueda ver otra cosa que a Ti solo. Te prometo que
cada vez que me venga el pensamiento de querer salir de este
corazón, gritaré inmediatamente: «¡Jesús y María, a ustedes
doy mi corazón y el alma mía!»
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Reflexiones de la Vigésima Segunda Hora (2 PM)
9-36
Julio 4, 1910
Continuando mi habitual estado lleno de privaciones y de
amargura, estaba pensando en la agonía de Nuestro Señor, y
entonces Él me dijo:
“Hija mía, quise sufrir en modo especial la agonía del huerto
para dar ayuda a todos los moribundos para bien morir. Mira
bien cómo se combina mi agonía con la agonía de los
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cristianos: Tedios, tristezas, angustias, sudor de sangre; sentía
la muerte de todos y de cada uno como si realmente muriese
por cada uno en particular, por lo tanto sentía en Mí los tedios,
las tristezas, las angustias de cada uno, y con esto daba a
todos ayuda, consuelo, esperanza, para hacer que como Yo
sentía sus muertes en Mí, así ellos pudieran tener la gracia de
morir todos en Mí, como dentro de un solo aliento, con mi
aliento, y súbito beatificarlos con mi Divinidad.
Si la agonía del huerto fue en modo especial para los
moribundos, la agonía de la cruz fue para ayuda del último
momento, especialmente para el último respiro. Ambas son
agonías, pero una distinta de la otra: La agonía del huerto llena
de tristezas, de temores, de afanes, de espantos; la agonía de
la cruz, llena de paz, de calma imperturbable, y si grité tengo
sed, era sed insaciable de que todos pudieran expirar en mi
último respiro; y viendo que muchos se salían de mi último
respiro, por el dolor grité tengo sed, y este tengo sed lo
continúo gritando a todos y a cada uno, como timbre a la
puerta de cada corazón: “Tengo sed de ti, oh alma. Ah, no
salgas de Mí, sino entra en Mí y expira Conmigo”.
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11-18
Mayo 9, 1912
Esta mañana encontrándome en mi habitual estado, estaba
pensando cómo nos podemos consumar en el amor, y el
bendito Jesús al venir me ha dicho:
“Hija mía, si la voluntad no quiere otra cosa que a Mí solo, si
la inteligencia no se ocupa de otra cosa que de conocerme a
Mí, si la memoria no se recuerda de otra cosa sino sólo de Mí,
he aquí consumadas las tres potencias del alma en el amor.
Así también de los sentidos: Si habla sólo de Mí, si escucha
sólo lo que se refiere a Mí, si se gustan sólo las cosas mías, si
se obra y se camina sólo por Mí, si el corazón me ama sólo a
Mí, si los deseos me desean sólo a Mí, he aquí la consumación
del amor formada en los sentidos.
Hija mía, el amor tiene un dulce encanto y hace al alma
ciega a todo lo que no es amor, y la vuelve toda ojo a todo lo
que es amor, así que para quien ama, cualquier cosa que la
voluntad encuentra, si es amor, se vuelve toda ojo, si no, se
vuelve ciega, tonta y no comprende nada; así la lengua, si
debe hablar de amor se siente correr en su palabra tantos ojos
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de luz y se hace elocuente, si no, se vuelve balbuceante y
termina por enmudecer; y así de todo el resto”.
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11-54
Mayo 21, 1913
Encontrándome en mi habitual estado, mi siempre amable
Jesús me ha dicho:
“Hija mía, Yo quiero la verdadera consumación en ti, no
fantástica sino verdadera, pero en modo simple y factible.
Supón que te viniera un pensamiento que no es para Mí, tú
debes destruirlo y sustituirlo con el divino, y así habrás hecho
la consumación del pensamiento humano y habrás adquirido la
vida del pensamiento divino; así también si el ojo quiere mirar
alguna cosa que me disgusta o que no se refiere a Mí, y el
alma se mortifica, ha consumado el ojo humano y ha adquirido
el ojo de la Vida Divina, y así el resto de tu ser. ¡Oh!, Cómo
estas nuevas Vidas Divinas me las siento correr en Mí y toman
parte en todo mi obrar, amo tanto estas vidas, que por amor de
ellas cedo a todo. Estas almas son las primeras delante de Mí,
y si las bendigo, a través de ellas vienen bendecidas las
demás; son las primeras beneficiadas, amadas, y por medio de
ellas vienen beneficiadas y amadas las demás”.
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12-58
Agosto 7, 1918
Me lamentaba con Jesús por su privación y decía entre mí:
“Todo ha terminado, qué días tan amargos, mi Jesús se ha
eclipsado, se ha retirado de mí, ¿cómo puedo seguir
viviendo?” Mientras esto y otros desatinos decía, mi siempre
amable Jesús, con una luz intelectual que de Él me venía me
ha dicho:
“Hija mía, mi consumación sobre la cruz continúa aún en las
almas. Cuando el alma está bien dispuesta y me da vida en
ella, Yo revivo en ella como dentro de mi Humanidad. Las
llamas de mi amor me queman, siento el deseo de
testimoniarlo a las criaturas y de decir: “Vean cuánto os amo,
no estoy contento con haberme consumado sobre la cruz por
amor vuestro, sino que quiero consumarme en esta alma por
amor vuestro, porque me ha dado vida en ella”. Y por esto
hago sentir al alma la consumación de mi Vida en ella, y ella se
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siente como estrechada, sufre agonías mortales, no sintiendo
más la Vida de su Jesús en ella se siente consumir. Conforme
siente faltar mi Vida en ella, de la cual estaba habituada a vivir,
se debate, tiembla, casi como mi Humanidad sobre la cruz
cuando mi Divinidad, sustrayéndole la fuerza la dejó morir. Esta
consumación en el alma no es humana, sino toda divina, y Yo
siento la satisfacción como si otra Vida mía Divina se hubiera
consumido por amor mío; y como no es su vida la que se ha
consumido, sino la mía, la que ya no siente más, que ya no ve,
le parece que Yo haya muerto para ella. Y a las criaturas les
renuevo los efectos de mi consumación y al alma le duplico la
gracia y la gloria, siento el dulce encanto y los atractivos de mi
Humanidad que me hacía hacer lo que Yo quería. Por eso
déjame hacer también tú lo que quiero hacer en ti, déjame libre
y Yo desarrollaré mi Vida”.
+ + +
13-24
Octubre 16, 1921
Encontrándome en mi habitual estado, mi siempre amable
Jesús me hacía ver cómo de dentro de su Santísima
Humanidad salían todas las criaturas, y todo ternura me ha
dicho:
“Hija mía, mira el gran prodigio de la encarnación, en cuanto
fui concebido y se formó mi Humanidad, así hacía renacer a
todas las criaturas en Mí, así que en mi Humanidad, mientras
renacían en Mí, sentía todos sus actos distintos: En la mente
contenía cada pensamiento de criatura, buenos y malos, los
buenos los confirmaba en el bien, los rodeaba con mi gracia,
los investía con mi luz, a fin de que renaciendo de la santidad
de mi mente, fueran dignos partos de mi inteligencia; los malos
los reparaba, hacía la penitencia que les correspondía,
multiplicaba mis pensamientos al infinito para dar al Padre la
gloria por cada pensamiento de las criaturas. En mis miradas,
en mis palabras, en mis manos, en mis pies y hasta en mi
corazón, contenía las miradas, las palabras, las obras, los
pasos, los corazones de cada uno, y renaciendo en Mí todo
quedaba confirmado en la santidad de mi Humanidad, todo
reparado, y por cada ofensa sufrí una pena especial. Y
habiéndolos hecho renacer a todos en Mí, los llevé en Mí todo
el tiempo de mi Vida, ¿y sabes cuando los parí? Los parí sobre
la cruz, en el lecho de mis acerbos dolores, entre espasmos
atroces, en el último suspiro de mi Vida, y en cuanto morí, así
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renacían todos a nueva vida, todos sellados y marcados con
todo el obrar de mi Humanidad; y no contento con haberlos
hecho renacer, a cada uno le daba todo lo que Yo había hecho
para tenerlos defendidos y seguros. ¿Ves qué santidad
contiene el hombre? La santidad de mi Humanidad, jamás
habría podido dar a luz hijos indignos y desemejantes de Mí,
por eso amo tanto al hombre, porque es parto mío, pero el
hombre es siempre ingrato y llega a no conocer al Padre que lo
ha parido con tanto amor y dolor”.
Después de esto se hacía ver todo en llamas, y Jesús
quedaba quemado y consumido en aquellas llamas, y no se
veía más, no se veía otra cosa que fuego, pero después se
veía renacer de nuevo, y después quedaba otra vez consumido
en el fuego. Entonces ha agregado:
“Hija mía, Yo ardo, el amor me consume, es tanto el amor,
las llamas que me queman, que muero de amor por cada
criatura. No fue solamente por las penas por lo que morí, sino
que las muertes de amor son continuas, no obstante, no hay
quien me dé su amor por refrigerio”.
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36-3
Abril 20, 1938
Mi vuelo continúa en el Querer Divino, y siento la necesidad
de hacer mío todo lo que ha hecho, poner en ello mi pequeño
amor, mis besos afectuosos, mis adoraciones profundas,
mis gracias por todo lo que ha hecho y sufrido por mí y por
todos, y habiendo llegado al momento cuando mi amado Jesús
fue crucificado y levantado en la cruz entre espasmos atroces y
penas inauditas, con acento tierno y lastimero, tanto que me
sentía romper el corazón, me ha dicho:
“Hija mía buena, la pena que más me traspasó sobre la cruz
fue mi sed ardiente, me sentía quemar vivo, todos los humores
vitales habían salido por mis llagas, que como tantas bocas
quemaban y sentían una sed ardiente que querían apagar,
tanto, que no pudiendo contenerme grité: ‘Sitio’. Este ‘sitio’
permanece siempre en acto de decir: ‘Tengo sed’. No termino
jamás de decirlo, con mis llagas abiertas y con mi boca
quemada digo siempre: ‘Yo ardo, tengo sed, ¡ah! dame una
gotita de tu amor para dar un pequeño refrigerio a mi sed
ardiente’. Así que en todo lo que hace la criatura Yo le repito
siempre con mi boca abierta y quemada por la sed: ‘Dame de
beber, tengo sed ardiente’. Y como mi Humanidad dislocada y
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llagada tenía un solo grito: ‘Tengo sed’, por eso, conforme la
criatura camina, Yo grito a sus pasos con mi boca ardida:
‘Dame tus pasos hechos por mi amor para calmar mi sed’; si
obra, le pido sus obras hechas sólo por mi amor para refrigerio
de mi sed ardiente; si habla, le pido sus palabras; si piensa, le
pido sus pensamientos como tantas gotitas de amor para alivio
a mi sed ardiente. No era solamente mi boca la que se
quemaba, sino toda mi Santísima Humanidad sentía la extrema
necesidad de un baño de refrigerio al fuego ardiente de amor
que me quemaba, y como era por la criatura que Yo me
quemaba en medio de penas desgarradoras, por eso
solamente ellas podían, con su amor, extinguir mi sed ardiente
y dar el baño de refrigerio a mi Humanidad. Ahora, este grito:
‘Sitio’, lo dejé en mi Voluntad, y Ella tomaba el empeño de
hacerlo oír a cada instante en los oídos de las criaturas, para
moverlas a compasión de mi sed ardiente, para darles mi baño
de amor y recibir su baño de amor, aunque sean pequeñas
gotitas, como alivio de mi sed que me devora, pero, ¿quién me
escucha? ¿Quién tiene compasión de Mí? Sólo quien vive en
mi Voluntad, todos los demás se hacen los sordos y
acrecientan con su ingratitud mi sed, lo que me deja
intranquilo, sin esperanza de alivio. Y no solamente mi ‘sitio’,
sino todo lo que hice y dije lo dejé en mi Voluntad; estoy
siempre en acto de decir a mi Mamá doliente: ‘Madre, he ahí a
tus hijos’. Y la pongo a su lado como ayuda, por guía, para
hacerla amar por hijos, y Ella a cada instante se siente poner
por su Hijo al lado de sus hijos, y ¡oh! ¡Cómo los ama como
Mamá, y les da su Maternidad para hacerme amar por ellos
como Ella me ama! Y no sólo esto, sino que con dar su
Maternidad pone el amor perfecto entre las criaturas, a fin de
que se amen entre ellas con amor materno, que es amor de
sacrificio, de desinterés y constante. ¿Pero quién recibe todo
este bien? Quien vive en nuestro Fiat. Esta criatura siente la
Maternidad de la Reina; Ella, se puede decir que pone su
corazón materno en la boca de sus hijos para que succionen y
reciban la Maternidad de su amor, sus dulzuras y todas sus
dotes, de las cuales está enriquecido su materno corazón.
Hija mía, quien quiera encontrarnos, quien quiera recibir
todos nuestros bienes y a mi misma Madre, debe entrar en
nuestra Voluntad y debe permanecer dentro, Ella no sólo nos
es Vida, sino que forma en torno a Nosotros con su
inmensidad, nuestra habitación, en la cual mantiene todos
nuestros actos, palabras, y todo lo que somos, siempre en
acto. Nuestras cosas no salen de nuestra Voluntad, quien las
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quiera se debe contentar con hacer vida junto con Ella, y
entonces todo es suyo, nada le es negado; mientras que si
queremos darle y no vive en nuestro Querer, no las apreciará,
no las amará, no se sentirá con el derecho de hacerlas suyas,
y cuando las cosas no se hacen propias, el amor no surge y
muere”.
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